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15 de septiembre de 2008

STOP: The process

Cuando trabaja a tiempo completo en la edición tuve la suerte de coincidir en la empresa con un grandísimo diseñador cuyo nombre difícilmente acabará siendo conocido. No entraba en sus pretensiones hacerse famoso ni alcanzar el Olimpo del diseño. Simplemente conocía su oficio y lo realizaba con un talento y una profesionalidad increíbles. No exagero si digo que una de las mejores cosas que me llevo de mi paso por aquella empresa es haber podido disfrutar con las cubiertas que Mario y su equipo realizaban para los libros que editábamos. Cuando les dejaban trabajar, claro.

Había por allí pululando un par de especímenes de esos que comúnmente suelen denominarse Másters del Universo, gente tan pagada de sí misma que no concibe entrar en el mundo laboral si no es como jefes, que se pagan un máster cualquiera para lograr este objetivo y que entran en la empresa como un elefante en una cacharrería.

Decía Richard Stallman que alguien verdaderamente inteligente es aquel que contrata a gente inteligente, no para imponerles su criterio, sino para que le enseñen cómo conseguir ganar más dinero. En los másters no deben mencionar demasiado al bueno de Stallman ni a nadie con ideas parecidas, porque Heman y sus amigos tienen la fea costumbre de meterse hasta los higadillos en el trabajo de los demás en lugar de hacer el suyo propio.

Y, como decía, allí en la editorial teniamos a unos cuantos Heman ejerciendo de jefes de marketing, jefes de ventas y jefes a secas. No sabían lo que era un libro y desconocían la materia de la que trataban los nuestros, pero les daba igual: opinaban e imponían su criterio sobre edición con la misma alegría que yo podría opinar sobre la cría del camarón de agua dulce. Podía ser peor. Al fin y al cabo, bastaba con contraatacar con cualquier argumento que incluyera palabras como galeradas, ferros o Frutiger para que salieran corriendo con una excusa cualquiera, no fuera a ser que nos percatáramos de su absoluta ignorancia.

Los de diseño lo tenían peor. Mucho peor. Porque es más o menos fácil convencer a alguien de que no tiene ni idea de edición, pero casi imposible que se dé cuenta de que tiene el gusto en el culo y que el rosa fucsia no es color para un libro por más que se pretenda llamar la atención. Ay, pobre Mario, las cosas que tuvo que hacer. Como para abrir un museo del antés y el después.

Por eso me acordé tantísimo de Mario el otro día cuando descubrí este vídeo en Pixel y Dixel. Real como la vida misma. Vean, vean:



En fin. Sean curiosos y felices ;-)

12 de mayo de 2008

Un corrector, por favor

El otro día, paseando por El blog del futuro del libro, encuentro una mención de José Antonio Millán de un comentario de Arcadi Espada sobre el nuevo libro de Ruiz Zafón. Si hablo del comentario aquí no es para emprender una campaña contra Ruiz Zafón: no me interesan sus libros, pero me parece estupendo que cada uno lea lo que más le apetezca. Tampoco me sorprende lo mal escrito que está el párrafo reseñado pese a no haber leído nada de Ruiz Zafón. Me regalaron La sombra del viento hace bastante tiempo, pero cualquier curiosidad que hubiera podido tener por esta novela desapareció después de que a mi padre no le causara la menor emocion. Mi padre siempre ha mantenido un sorprendente y exquisito criterio literario pese a las poquísimas novelas que lee, así que su falta de entusiasmo ante el libro del que todo el mundo hablaba hizo que yo lo relegara al último lugar de mi siempre rebosante pila de libros por leer.

Entonces, ¿por qué traigo a colación aquí esta reseña? Porque lo sorprendente para mí no es que la prosa de Zafón sea mala sino, como bien comenta Arcadi Espada, que se le deje publicarla así. No puedo llegar a concebir que un corrector sea capaz de devolver un texto así y quedarse tan ancho. Bueno, sí, miento: sí lo concibo, por desgracia, porque continuamente me encuentro con correctores y editores perfectamente capaces de tamaña chapuza.

Y es que la profesión anda mal, muy mal. La mayoría de los textos que se publican hoy en España son tratados por malos profesionales que se limitan a corregir comas, puntos y las escasas erratas que se le escapan al corrector automático de los procesadores de textos. Y hasta esto suelen hacerlo mal. Son, en su mayoría, personas que están en esto temporalmente mientras deciden qué hacer con su vida tras acabar su carrera de letras o como forma de alimentar su curriculum para tratar de entrar en alguna editorial. Sería algo perfectamente normal -todos los que nos dedicamos a estos hemos empezado más o menos así- de no ser porque estos correctores interinos no se toman el menor interés en la tarea y confunden los medios y fines de su labor: aunque pueda suponer un medio de alcanzar un puesto de editor, el fin supremo de la corrección es y debe ser el texto y solo desde el respeto y el amor al texto se puede realizar este trabajo.

Pero no se crean que la culpa es sólo de los malos correctores. Ni muchísimo menos. Si existen malos correctores es porque existen malos editores y pésimas empresas editoriales. El de corrector es un oficio poco reconocido y peor pagado. Las editoriales tienden en general a tratar la corrección como un mero trámite, un escalón incómodo por el que debe pasar el libro en el menor tiempo posible. Apenas hay buenos profesionales, pero es que tampoco se les trata como debería. En los años que llevo en esto he visto todo tipo de chapuzas.

Una vez me encargaron unas terceras que estaban peor que unos malos originales. ¡¡Terceras!! ¿Qué clase de correctores habían visto esas pruebas antes? ¿Qué clase de editor consiente ese tratamiento dejado del texto? ¿Qué clase de editorial permite que se despilfarre el dinero y el tiempo en cuatro correcciones para un solo texto? Si sobra dinero para encargar muchas malas correciones, ¿por qué no pagar de una vez una tarifa digna para que un auténtico profesional deje el texto niquelado en dos únicas correcciones?

A menudo me encargan cosas con plazos imposibles diciéndome "da igual cómo salga, que vamos mal de tiempo". ¿Cómo que da igual? ¿Qué clase de respeto es ese por el oficio del corrector? ¿Cómo alguien que se dedica a editar puede mostrar ese desprecio por el texto? ¿Por qué esa mala gestión del tiempo?

Y no hablemos de despilfarros estúpidos como el gasto en mensajeros. Desconozco las tarifas que aplican las empresas de mensajería, pero por pequeñas que sean me resulta inconcebible tanto trasiego innecesario de entregas. Si aún no he devuelto lo que me enviaron no entiendo la necesidad de ponerme un mensajero con más trabajo en lugar de aprovechar el viaje cuando yo devuelva lo que tengo. No se lo van a creer, pero alguna vez he llegado a recibir en un mismo día tres mensajeros procedentes de la misma editorial. ¡Tres! Y con encargos mínimos cada uno de ellos.

Capítulo aparte son los retrasos en los pagos. Desde que uno empieza a trabajar en un libro hasta que ve el dinero pueden pasar meses. Uno puede aceptar que no le paguen hasta que haya acabado todo el libro (nótese que digo "puede aceptar", no que esté bien: hay editoriales que gestionan bien la contabilidad y pagan religiosamente mes a mes las páginas que hayas visto), pero lo que no es de recibo son los retrasos posteriores. Envías una factura y a menudo esta va pasando de mesa en mesa, de pila de facturas en pila de facturas hasta que al cabo de mes o mes y medio es tramitada finalmente. No sé si lo han pensado, pero las erratas no alimentan, por más que el corrector se las coma y las haga desaparecer de su texto.

El colmo en este aspecto es cierta editorial que ha externalizado sus pagos mediante un servicio de factoring. Estás en tu casa esperando el ingreso de tu dinero y en su lugar te llega una carta de la empresa de factoring de turno que te comunica que la editorial le ha dado el dinero -tu dinero- de tu factura y que ellos te lo darán dentro de un mes pero que, eso sí, si lo necesitas antes puedes solicitarles un anticipo a un módico tipo de interés. El día que me llegó la cartita de marras no daba crédito. O te resignas a cobrar con un mes de retraso o le das parte de tu dinero a la empresa de factoring en forma de intereses.

Con este panorama no me extraña en absoluto que conozca a tan pocos buenos correctores. Y si contamos a los que se dedican en exclusiva a esto creo que me sobrarían dedos. La mayoría de los correctores -los de verdad, se entiende, no los interinos- son traductores o editores freelance que cogen correcciones de vez en cuando para completar su sueldo cuando escasean los otros encargos. Y luego estamos los pirados, los que, como yo, adoramos este oficio y aceptamos trabajos más por afición y amistad con el editor que por otra cosa.

Así ocurre luego, que una no sabe qué barbaridad va a encontrarse en el último libro que ha comenzado a leer. Lo peor es que no ocurre únicamente en la edición, sino que la chapucería está extendida a todos los ámbitos profesionales que conozco. Dos males aquejan a la productividad y la calidad del trabajo en este país. Por un lado, la falta de ética profesional, el hacer las cosas sistemáticamente mal, el todo vale, el como los demás no se esfuerzan yo tampoco. Por otro, la incomprensible desvalorización del especialista: no existe un sistema de reconocimiento y recompensas para el trabajo bien hecho de cualquier especialista. Si eres un magnífico corrector te promoverán a editor, tarea que para la que a lo mejor no vales y que ni siquiera te interesa pero que constituye tu única forma de mejorar económicamente. Y si programas como los ángeles acabarás de analista y, suponiendo que también se te dé bien, te verás pronto como jefe de proyecto, alejado de los ordenadores, enterrado en una montaña de planes, proyectos y presupuestos y agobiado por un sinfín de reuniones. En ambos casos -corrector y programador-, habremos perdido un magnífico especialista para ganar un pésimo gestor. Así de mal anda la profesión. Cualquiera de ellas.

24 de noviembre de 2007

Mundo ¿profesional?

Semana bastante extraña en cuanto a lo profesional esta que estoy viviendo. Uno de los propósitos con los que abrí este blog fue el de desahogarme, así que allá voy.

Uno

Entre el lunes y el jueves de esta semana he acudido como monitora -esto es, ayundante del profesor- a un curso para administradores web. Se presupone que el curso es avanzado y que todos los alumnos son administradores de servidores web o, al menos, trabajan como informáticos. Pues bien, de los ocho alumnos -todos ellos, efectivamente, "analistas de sistemas"- solo dos sabían lo que era un servidor web. Mal empezamos. Y, como era de esperar ante tal principio, mal acabamos. Dos de los alumnos no llegaban ni al mínimo mínimo de un usuario inexperto. Tanto es así que las anécdotas que he podido recopilar únicamente con esos dos alumnos en cuatro días darían para escribir un libro. Sirvan para muestra las siguientes: no saber qué es un navegador (ni lograr aprenderlo en cuatro días), no saber abrir un CD (ya saben, doble clic en Mi PC, etc.) y empeñarse en pinchar una memoria USB en una de las ranuras de ventilación de la caja del ordenador.

A lo largo de mi vida he tratado mucho con usuarios inexpertos de informática. Yo misma lo fui en su día, en ese camino díficil que emprendí hace años desde las Letras más puras hacia las Ciencias más puras. Me suelo manejar bien con ellos, por tanto, y es bastante habitual que los que más dificultades tienen con el ordenador acaben recurriendo a mí porque tengo bastante paciencia y alguna facilidad para explicarles las cosas "a su nivel". Pero no puedo con la falta de profesionalidad -¿a qué narices se dedica esta gente en su trabajo diario como analistas de sistemas si ni siquiera saben navegar por la estructura de carpetas del Windows?-. Y mucho menos con el empeñarse en no pensar.

Dos

Y, por la tarde, ya en casa, me enfrasco en mis tareas como correctora. Para los profanos en la materia, explicaré brevemente el modus operandi con una de las editoriales de la que soy colaboradora. Generalmente, me envían pruebas ya maquetadas para que realice una corrección ortotipográfica (simplificando mucho, de puntos, comas y erratas propiamente dichas). En el precio pactado por página se incluye una segunda corrección que, en principio, se limita a comprobar que se metieron correctamente las correcciones que yo marqué pero que, en la práctica, mi obsesión por la perfección convierte en una nueva y atenta lectura.

A veces, si se va mal de tiempo y las primeras pruebas iban extremadamente limpias, se prescinde de esa segunda corrección, lo cual me supone librarme de un enorme trabajo extra no remunerado.

Otras veces, en cambio, si los originales vienen extremadamente mal, me los pasan antes de estar maquetados para que realice una corrección en pantalla -esto es, en el documento de Word-. A esta corrección se le denomina de estilo y, como se da por hecho que la intervención en el texto será grande, se paga mejor. En mi opinión, todo texto debería llevar siempre como mínimo esas tres correcciones -estilo, ortotipográfica y una tercera que revise todo y haga hincapié en la maquetación-, pero por desgracia lo habitual es que con la excusa de la falta dinero y/o tiempo se prescinda de una de ellas.

En fin, voy al caso. Me encuentro esta semana con un mail de la editora diciéndome que, como va fatal de tiempo y yo corregí "con mucha atención las primeras" vamos a prescindir de las segundas. Yo me echo a temblar. En primer lugar, porque se trata de un libro que me pasaron directamente para ortotipografía y prescindir de las segundas implica que el libro salga con una única corrección. Y en segundo lugar porque había que ver cómo devolví aquellas primeras pruebas, con párrafos enteros tachados y reescritos al margen, llenos de notas en las que solicitaba revisión por parte de los autores y plagados de páginas con texto sobrante. Eso, sin contar con ese "con mucha atención", como si no fuera lo normal emplear mucha atención en este tipo de trabajo.

En principio, como he dicho más arriba, el que un texto no vaya a segundas es una gran noticia para mí: mismo dinero en casi la mitad de tiempo. Pero mi profesionalidad se rebela y le contesto a la editora que, bueno, que aunque vaya pillada de tiempo me puede enviar las unidades que ya estén listas, que yo me pego la paliza y se las devuelvo al día siguiente y que así, al menos, irán algunas unidades más revisadas. Envío el correo y sigo dándole vueltas a cómo organizar mi tiempo y el tema de los mensajeros para poder hacer el máximo de segundas posibles. Y entonces me llega un segundo correo diciendo que muchas gracias pero que de verdad no lo ve necesario y que va tan mal de tiempo que prefiere dejarlo así.

Ante esta contestación, acabo por rendirme ya que me parece absurdo seguir peleando por un trabajo que no voy a cobrar y para el que no sé muy bien de dónde iba a sacar el tiempo si resulta que a su responsable le importa tres pepinos si sale bien o no.

Y, a todo esto, yo me pregunto: ¿qué le cuesta a la gente pensar un poquito, tener un mínimo de curiosidad ante la vida y ser mínimamente profesional? Después de reflexionar mucho sobre el tema, yo he decidido que en mi próxima vida quiero tener las inquietudes de una lechuga. Seguro que así me llevo muchos menos disgustos.

7 de julio de 2007

Ays!!

Hace una semana aún estaba en Menorca, de acá para allá. Y aquí estoy ahora, enterrada bajo una pila de papeles, inmersa en la corrección de cinco libros -¡¡cinco!!-, mientras vuelvo una y otra vez a saborear las fotos de aquellas calitas maravillosas. Menos mal que esta noche tengo juerguita, que si no...

21 de abril de 2007

Algo huele a podrido

El otro día, Armando no me llama, el grupo de teatro que inauguraba el Certamen de teatro universitario de la Complutense, tuvo que supender, muy a su pesar y contra su voluntad, su representación de Zapping mileurista. ¿La razón? La persona encargada de la organización se olvidó de reservar el Paraninfo de la Universidad para la función. Esta ocupadísima persona cobra un sueldo por dedicarse, en exclusiva, a la organización de este certamen teatral. Se entiende que coordinar a 27 grupos para que realicen una única actuación a lo largo de poco menos de un mes es una tarea tan estresante que es normal que se pase por alto un detalle tan nimio como asegurarse de que haya un lugar donde representar las obras.

Trabajo duro el de esta persona. Tanto, que anduvo tan liada el día de marras que ni siquiera fue capaz de dar la cara y presentarse a disculparse con los miembros del grupo o con el público allí congregado. Como tampoco le suele dar tiempo a publicitar las funciones para que asista a ellas alguien aparte del técnico de luces, el bedel del edificio y algún incondicional despistado que pase por allí. Ni es capaz, por supuesto, de ajustar su completísima agenda para asistir a las representaciones de esos grupos a los que un jurado tan discreto que nadie ha logrado ver al completo otorgará un premio basándose en... bueno, basándose en algo que ellos sabrán.

Lástima, qué dura vida llevan algunos.

Esta misma mañana, he acudido a disputar un partido con mi equipo de baloncesto y, por segunda vez en esta temporada, no se ha presentado el árbitro. Ha habido otras tres veces en las que sí se ha presentado, pero veinte minutos más tarde de la hora de inicio del partido. Hablando con el auxiliar de mesa me he enterado de que esta misma semana han dimitido en masa gran parte de los auxiliares, amén de un nutrido grupo de árbitros. ¿Las razones? Desavenencias, cómo no, con las personas encargadas de hacer que el baloncesto de base funcione en la Comunidad de Madrid.

El listado de razones que me relató el auxiliar es largo. El precio por partido que debemos pagar los equipos ha subido un 40% este año, incremento que no se sabe muy bien adónde va a parar, vista la exigua subida que han recibido árbitros y auxiliares. No hay unificación de criterios, no hay reuniones con el resto de miembros del baloncesto madrileño (léase, principalmente, entrenadores), no hay coordinación más allá de la página web... Para colmo de males, la postura de la Federación de Baloncesto de Madrid ha ido de mal en peor con respecto al caso de la árbitro agredida hace unos meses. En fin, todo un modelo de gestión digno de estudio en cualquier MBA.

Hay pocos árbitros, como hay pocos entrenadores. Demasiado esfuerzo, demasiadas zancadillas para tan poca recompensa. Como en el caso del teatro universitario, el dinero fluye y se queda en instituciones y cargos que sólo aparecen cuando se trata de recoger medallas y hacerse fotos.

El partido se jugó finalmente gracias a la buena disposición del auxiliar, que se ofreció a pitar un partido que, claramente, le venía enorme. Un partido intenso, emocionante, que perdimos en la prórroga por un punto debido a un triple en el último segundo, pero que hizo crecer enormemente a mis jugadores, como personas y como equipo. Un partido precioso que estuvo a punto de echar por tierra la incompetencia y la falta profesionalidad de ese árbitro que no se presentó y de esa Federación que insiste en ignorar los problemas de su deporte.

Será que andan muy ocupados.

12 de marzo de 2007

Desventajas de la transparencia

(Con perdón por el cuasi-préstamo del título)

Escribir un blog le vuelve a uno transparente. Por más que uno intente mantener una aséptica distancia, irremediablemente acabará volviéndose transparente. Post a post, uno va abandonándose, dejando de lado esa frialdad autoimpuesta y, libre de constricciones artificiales, comienza a mostrar trocitos de sí sin pretenderlo.

Un día le da a uno por releer sus primeros post y es entonces cuando cae en la cuenta de hasta qué punto se volvió transparente. Quién lo iba decir, yo, que siempre fui de opaco por la vida, que casi llevé a gala mantener mi pose hierática pasara lo que pasara. No importaba que fuera mi cumpleaños o que me estuviera jodiendo por dentro aquella historia imposible. Los demás son los demás y están fuera de mi mundo. Mi trato con ellos debía ser idéntico siempre.

Y entonces, le vence a uno su afán exhibicionista. Ese que jamás creyó tener –llevo a gala mi discreción y mi pasar inadvertido hasta la obsesión-, uno de esos yos que desconocemos y que un día descubrimos entre los cajones de nuestra conciencia. Y comienza a escribir un blog. “Pero, no, el mío es un blog estilístico, frío. Una pura elucubración intelectual”, se engaña uno.

Puede que sí, que lo fuera. La primera media docena de post, tal vez. Pero este medio es voraz y pronto lo fagocita a uno, lo vuelve del revés y le roba esa capa opaca bajo la que esconde su yo transparente.

Ante tanta transparencia, hay ocasiones en las que el natural huidizo de uno vuelve a rebelarse. Las circunstancias vitales claman por ser publicadas, por tomar al asalto ese espacio público de la transparencia.

En estas ocasiones, al bloguero, perdida ya para siempre toda capacidad de opacidad, sólo le queda una salida: disolverse en medio del silencio.

12 de febrero de 2007

Cada día más tontos


Hoy, en primera página del 20 Minutos edición Madrid, aparecía mencionada la última estupidez por parte de uno de nuestros excelentísimos consistorios. Tras la fantástica idea del Ayuntamiento de Fuenlabrada de ponerle falda y coletas a las señales de tráfico (no fuera a ser que le tacharan de sexista al Ayuntamiento/a) ahora, siempre según el mencionado diario, es el Ayuntamiento/a de Móstoles/a el que nos sorprende con una estupenda falta de sentido común. El objeto de la discordia es un parque que pertenece a Móstoles pero que quieren usar vecinos de Alcorcón. Los sufridos vecinos no pueden acceder porque hay una valla y el Ayuntamiento de Móstoles se niega a facilitarles el paso abriendo una nueva puerta bajo el argumento de que "Fuente Cisneros es un problema de Alcorcón". La verdad, no me imagino teniendo que mostrar mi certificado de empadronamiento para entrar en el Retiro, pero a este paso todo se andará. Les dejo, que me voy a pedirle a mi Junta Municipal de Distrito que impida a los de la calle de al lado utilizar la parada de autobús de mi calle. ¡Faltaría más!

31 de octubre de 2006

Lo bello y lo sublime

Si Platón viviera hoy, en lugar del mito de la caverna hablaría seguramente del mito del Photoshop.

Y, ya que estamos, juguemos a salir de la caverna. Piensen en un momento en la forma de un pecho femenino. No en la forma que tienen sus pechos (si es que el amable lector es mujer) o los de sus novias, amigas, etc. (caso contrario, of course), sino en la que estamos acostumbrados a tomar como "ideal". ¿Listo? Bien. Ahora echen un vistazo a alguna revista porno de los años ochenta, cuando aún no existían los implantes de silicona, y comparen (si no tienen ninguna a mano, Gordo de mierda ofrece una buena colección de enlaces a fotos de pechos en este post). En fin, luego nos extrañamos de que la autoestima de algunas ande por donde anda.

¿Algún demiurgo en la sala?

29 de octubre de 2006

Masa

¿No sienten a veces que el mundo les aplasta? Yo, estos días, ando en pataleta continua. Siempre quise ir por libre, alejarme de convencionalismos y absurdos encuadres sociales. Estos días la realidad viene a darme de bofetadas e, insolente, me recuerda que el camino estaba ya marcado, que si anduve por la linde fue sólo porque sabían que no iría más allá. La masa, mecanismo siempre a punto y engrasado, nos mantiene en el redil.

En fin, pasará.

Supongo.

24 de octubre de 2006

Cortingleseando una tarde de lluvia

¿Han estado ustedes alguna vez en Murcia capital una tarde cualquiera de agosto a eso de, digamos, las seis de la tarde? Si ustedes han vivido esa experiencia coincidirán conmigo en que se trata de algo único. Uno anda por ahí, saltando de sombra en sombra, huyendo del sol como el inefable Donovan huia de la malvada Diana y sus amiguitos lagartos, cuando de repente cae en la cuenta de que es el único ser viviente a la vista. En fin, que uno pasa de sentirse héroe de V a creerse en una pesadilla de esas tan bonicas de Abre los ojos. Solo que, justo cuando le empieza a entrar el repelús por la sola idea de que aparezca la Najwa Nimri, se le ocurre entrar en El Corte Inglés. Y allí -oh, sorpresa- se encuentra, todos junticos, con todos los murcianos que osaron pasar agosto en su ciudad. Maravillas del aire acondicionado.

No se crean, no, que no es un caso aislado. Ni mucho menos. Y es que si a ustedes les preguntan alguna vez por el deporte rey de este país no se les ocurra decir el fútbol porque faltarían a la verdad. El rey de los deportes aquí es el cortingleseo o, lo que es lo mismo, deambular por el centro comercial más a mano huyendo de las inclemencias del tiempo.

El sábado pasado, sin ir más lejos, llovía torrencialmente aquí en Madrid, circunstancia que aprovecharon millones de madrileños para cortinglesear sin pudor. Y allí me vi, aguantando atascos para llegar, atascos para recoger el ticket de aparcamiento, atascos para estacionar... Hasta para cerrar mi coche tuve que guardar cola. Todo por cortinglesear.

Ahora es cuando yo debería excusarme con todo eso de que no pude ir entre semana por cuestiones de horario y tal, pero estoy segura de que no me creerían así que: sí, lo reconozco, en lugar de leer, ir al cine o hacer macramé, decidí pasar la tarde enfureciéndome junto con otros tres millones de madrileños en una bonita catarsis colectiva patrocinada por la Semana Fantástica.

El caso es que allí estábamos, en la sección de menaje, tratando de comprar una sartén. ¿Les he contado alguna vez aquello de los satisfacedores y los maximizadores? Probablemente sí, porque es uno de mis temas de conversación preferidos, pero como seguro que todavía me queda algún afortunado al que aún no le haya dado la chapa, les voy a repetir la teoría.

Por lo visto, según la forma en la que tratamos de cubrir nuestras necesidades, se nos puede situar en un punto de un continuo que va desde el maximizador puro al satisfacedor puro. Estos bonitos términos no son parte de la última campaña navideña de Movistar, lo juro, si no que se emplean con rigor científico en el campo de la psicología.

Pongamos un ejemplo: imagínense que ustedes se dan cuenta de que necesitan unos zapatos nuevos. Si ustedes son satisfacedores entrarán en la zapatería, buscarán el modelo que más les guste dentro de su presupuesto, se lo probarán y lo comprarán sin más: habrán satisfecho su necesidad de zapatos. En cambio, si ustedes son maximizadores querrán tener los mejores zapatos que puedan comprarse, así que entrarán en una zapatería tras otra y se probarán un sinfin de modelos que les encantarán, pero no se comprarán ninguno por temor a que haya unos más bonitos o más cómodos o más modernos en la zapatería que aún no han visitado. Probablemente tarden una semana en realizar su compra y, aunque seguro que los zapatos escogidos son estupendos, es más que posible que dos días más tarde se arrepientan de haberlos comprado porque vieron otros mejores.

Piensen ahora en todos sus conocidos y traten de situarlos en el continuo maxi-satisfacedor. Creo que no será ninguna sorpresa comprobar en qué lado hay más mujeres y en cuál más hombres. En efecto, el carácter maximizador predomina entre las mujeres mientras que el satisfacedor es territorio mayoritariamente masculino. Claro que siempre hay excepciones... como en nuestro caso. Porque el nuestro es en esto un bonito ejemplo de inversión de papeles dentro del continuo maxi-satisfacedor.

En fin, que allá estaba yo, satisfacedora de pro, en una bonita tarde de lluvioso sábado, esperando a que mi queridísimo maximizador se decidiera entre una sartén de teflón de 26 centímetros y otra sartén de teflón de 26 centímetros pero con el mango en otro color. Decisión trascendente donde las haya que le llevó algo así como veinticinco minutos, casi tantos como centímetros de diámetro tenía la sartén. Veinticinco minutos que dediqué a deambular con cara de desesperación hermanándome con un puñado de maridos satisfacedores que, como yo, esperaban a que sus queridas maximizadoras se decidieran por el utensilio del mes. Vamos, que aquello parecía el Desperate Husbands' corner.

Parece ser que al final la sarten no era suficientemente buena, así que tendremos que ir a cambiarla por una de 24 centímetros. Eso sí, sólo si llueve. Así que, sí, ya me sé todo eso de que nos acecha la pertinaz sequía, que los pantanos están llenos de lodo y que la lluvia en Sevilla es una maravilla, pero como pille a alguien sacando a alguna virgen en romería esta semana les juro que le hago comer la mantilla, con bordados y todo.

25 de septiembre de 2006

Pasatiempos

Descubre al impostor:

Entre los siguientes cánones de belleza, se nos ha colado uno que es estúpido, absurdo y completamente opuesto a la naturaleza humana.








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34
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Solución: Evidente, ¿verdad?

Por cierto, ella SÍ pasó el corte de este año en Cibeles. Imagínense si no llega a pasarlo.

17 de agosto de 2006

De vuelta

Pues sí, ya volví de mi viajecito por Italia. Bueno, en realidad, hace más de diez días que regresé pero es que entre unas cosas y otras no me he podido pasar por aquí. Y es que esto sí que ha sido un bajón post-vacacional en toda regla.
En Italia, llegué a perder la noción del tiempo ante tantísima belleza. En cualquier rincón, detrás casi de cada esquina, existen pequeños -o inmensos- tesoros artísticos. Así, como quien no quiere la cosa. Por si fuera poco, la riviera ligur, la Toscana, el valle del Po, el lago di Guarda o el par de parques naturales que recorrimos ofrecen cualquiera de ellos un paisaje tan hermoso que ya de por sí merecen la visita. En fin, casi quince días agotadores pero plagados de sensaciones sublimes, casi quince días que, bien aderezados con la excepcional amabilidad y simpatía de sus gentes, han logrado italianizarme de arriba a abajo.
Y ya de regreso, la añoranza Florencia, Verona o Rávena, se aliaron con la vuelta al trabajo y la pintura, limpieza y mudanza a mi nuevo piso para completar uno de los peores agostos que recuerdo.
En fin, pronto, muy pronto, estaré de vuelta para visitar todo aquello que no pude ver. Y poco a poco les iré contando aquí estos días inolvidables. Qué suerte la de aquellos que no conozcan aún Italia porque les queda todavía por experimentar la emoción de descubrirla.

15 de julio de 2006

Los bodorrios del amigo Pierre

Según se acerque el fin de año y vaya llegando el momento de hacer balance de estos doce meses, una de las frases que surgirán seguro será algo así como "este año, tuve la desgracia infinita de ser invitada a nueve bodas". Sí, como lo oyen, nueve. Afortunadamente tres de ellas coincidieron y sólo me vi obligada a asistir a seis. Y digo afortunadamente porque, después de tener un evento casamentero cada fin de semana de abril sin faltar ninguno, no sé muy bien si mi bolsillo, mi salud mental y mi paciencia hubieran soportado ese frenético ritmo un mesecito más.
De hecho, allá por el uno de mayo pasaba yo mi fiesta del trabajo pensando en escribir un post donde soltar convenientemente toda la bilis acumulada. Al final me contuve porque sé que algunos de los felices contrayentes leeis este blog (ojo, que todo esto va sin acritud) y tampoco era plan que os llevarais un soponcio por culpa de esta amiga desagradecida a vuestra vuelta de, qué se yo, Tanzania.
Y ahora entro a leer a Pierre Nodoyuna y me encuentro con que, como de costumbre, ha dado en el clavo con su Manual de supervivencia en bodorrios, del que corto y pego un fragmentito para abrir boca (por favor, no se pierdan el resto):
Tres bodas en un mes. Tres. Paseando por media Españaza el mismo puto traje, sin posibilidad de hacer planes en un mes y palmando un pastizal. Qué bonito es el amor y qué bonitos los ceremoniales. Les contaría las innumerables cosas absurdas que rodean a las bodas, ese evento en el que dos personas dicen que se van a querer para siempre con la particularidad de que lo dicen antes, no después, de echar un polvo, de que lo hacen delante de mucha gente, de que todos van disfrazados y de que luego se ponen hasta las cartolas de comida. No, mi naturaleza generosa quiere ayudar, y por eso invertiré este tiempo en ayudar en la confección de un manual de supervivencia en bodas para las generaciones futuras cuyo autor intelectual es la usuaria anónima. Para que sepan a qué atenerse.
Continúa describiendo una boda cañí, aunque, la verdad, he reconocido muchos elementos comunes a otras bodas no-cañí a las que he asistido. En fin, amiguitos míos, casense, haganse pareja de hecho o vivan en pecado si les place, pero por favor se me abstengan de invitarme. Y que sean muy felices.

23 de junio de 2006

Fumbol total


Vaya por delante que me gusta el fútbol, pero no puedo soportar el futbolerismo. Hoy vuelve a jugar España. Creo que, por primera vez en mucho tiempo, el equipo nacional ha logrado divertirme y que me interese por su juego. Y, sin embargo, mi sentimiento ante esto es ambivalente porque, aunque como aficionada al fútbol me resulta enormemente gratificante ver a un equipo jugar como lo ha hecho España estos dos últimos partidos, la oleada de futbolerismo que nos espera esta tarde y el resto del fin de semana me produce cierta urticaria (ays, qué miedito!!). En fin, siempre me quedará el fresquito refugio de algún cine solitario. Si alguien se apunta, ya sabe dónde encontrarme (y no miro a nadie) ;-)

10 de mayo de 2006

Turnomatick por aquí

Ays, qué gustito esto de darle a la tecla y bloguear por fin. Y es que esta mañana he decidido profundizar en mi fobia social, así que he sacado el carrito del armario y me he ido toda pizpireta a relacionarme con tenderos, amas de casa y jubiladetes en el mercado. Toda una experiencia. Yo ahí, mirando mi numerito del turnomatic al ritmo de mi iPod mientras me preguntaba por qué si yo tenía el 36 y marcaba el 42 no me había tocado aún. Y las avispadas señoras que pasaban por delante "ay, hija, es que sólo quiero un kilito de filetes", "uy, perdona, si ya estaba aquí antes pero me fui un momentito a por boniatos", "hijita, ¿me dejas pasar delante? Es que mi padre está solo en casa, tiene Alzehimer y le encantan las cerillas". Y claro, una que es educada y tonta, pues hala, las va dejando pasar. Menos mal que a eso de las once y media debía empezar la novela y me he quedado sola en la Mariano y Tomás que si no no me habría tocado en la vida.
Y es que, qué quieren que les diga, me siento un pelín estafada. Me habían dicho que hay que comer sano y todo eso y yo me lo creí. Así que, hala, a comer verduritas y ensaladas y carne y pescado fresco y todas esas cositas del mercado. Claro, antes era mi señor novio el encargado de la intendencia, que para eso es mi señor novio: para evitarla a una los sufrimientos derivados de su fobia social. Pero claro, ahora una está ociosa, y el señor novio es el que trae el pan a casa y, bueno, no se trata de explotar al personal así que ahora me toca a mí lidiar con los tenderos.
En fin, que un kilito de esto, otro kilito de lo otro y tal y pascual. Y vuelta a empezar: nuevo numerito, esta vez en los Hermanos Lave, y vuelta al desfile de señoras y algún que otro viejecillo que me pasa por delante. Definitivamente, un día de estos voy a mirar en el Centro Cívico del barrio a ver si me dan un curso de eso de colarse en el mercado porque esto no es plan.
Y, por fin, vuelta a casa después de tres comercios con sus correspondientes colas y un paseo por la tienda de los congelados (por cierto, qué pastón esto de comer sano). Claro que si fuera este el final no estaría tan mal la cosa, pero no, no se ha acabado aún porque toca empaquetar y etiquetar en raciones individuales cada cosita para meterla en el congelador. Un filete de pollo. Dos chuletas de cerdo. Dos lenguados. ¡¡Dios mío!! Si parezco mi madre con tanto orden y concierto. ¿Será verdad que me estoy volviendo vieja?

8 de marzo de 2006

Palabras, palabras, palabras

En días como hoy, me brotan las palabras y me resulta imposible callar. Y, paradójicamente, me resulta igualmente imposible domesticar esas palabras. Me temo que soy demasiado ansiosa como para escribir decentemente. Demasiados pensamientos, demasiadas ideas luchando por figurar en la frase. Demasiado ruido.
Me hierve la cabeza. Conversaciones rememoradas, un rostro que se cuela furtivo, consejos dados con cariño -¿quién soy yo para aconsejar nada?-, vivencias pasadas que se me antojan metáforas de hoy, ese rostro obsesivo que vuelve, historias contables e incontables, vividas e inventadas. Un caos imposible de ordenar de forma inteligible.
Ante esta falta de talento, esta incapacidad para liderar palabras y situarlas obedientemente, me decido por la vía fácil. Huyo y me refugio en los textos de los demás buscando ese sonajero que acalle parte de mi mente para focalizar a la otra parte.
Y leo, sorprendida, la pasión de Klingsor por los mapas. Me sorprende, o tal vez no. No es la primera vez que coincidimos. En realidad, en mi heterogeneidad no es difícil coincidir conmigo, pero aún me siguen sorprendiendo paralelismos extraños como éste. A mí siempre me cautivaron los planos de ciudades. Me gusta recorrer sus calles y reconcerlas. O imaginarlas. Mi escasa orientación me lleva a concebir cada lugar como un pedacito aislado de mundo y me encanta descubrir que puedo conectar esos lugares, que existen caminos misteriosos que los unen y que tarde o temprano tendré que recorrer.
Durante unos momentos, recorro mentalmente ese plano de Madrid que me sustrae del mundo cada vez que bajo a un anden del metro. Me lo conozco de memoria y, sin embargo, siempre me encontrarás allí, ensimismada, mirándolo con la pasión del primer día. Y ese recorrido, ese pensamiento, vuelve a despertar las furias de mi cabeza. Me vuelve a resultar imposible expresarme porque ésta, mi ciudad, es tan parte de mi vida que irremediablemente me duvuelve todas mis pasiones.
Conversaciones rememoradas, un rostro que se cuela furtivo... Creo que cogeré los pinceles. Con ellos, todo es mucho más sencillo.

6 de enero de 2006

Día de Reyes

Eres culpable. Culpable de no saber qué es un regalo. Culpable de no entender que ese tan manido tópico de "la intención es lo que cuenta" es absolutamente fundamental. Culpable de no percatarte de que la actitud lo es todo, que un poquito de esfuerzo no es nada si se arranca una sonrisa, que despreciar un regalo que se hace con amor es rechazar un abrazo, un beso, un guiño de complicidad.
Sí. Y yo también soy culpable. Culpable de no saber hablar contigo -por lo visto, nadie sabe, aunque ello no me exime de culpa-. Culpable de no enseñarte a dar cariño -me dicen por ahí que eso no es responsabilidad mía, pero eso no me hace menos culpable-. Culpable de no explicarte que un regalo nace del cariño y el esfuerzo, de días y días de búsqueda del detalle perfecto, de modelar y acoplar nuestro amor en un presente que entregaremos con la mayor de nuestras ilusiones.
Jamás he despreciado un regalo que nace del amor. Los de compromiso, sí, esos los cambio sin dudar cuando no me gustan. Pero los otros, los de verdad, siempre los aprecio. Valen tanto como el cariño que hay en ellos. Y no me importa si es algo que jamás me habría comprado porque esa no es la cuestión. Han intentado pensar como yo, ponerse en mi lugar y tratar de decidir como yo lo haría y eso es más que suficiente para que sea el mejor de los regalos.
El 6 de enero fue siempre mi día. No importa que cargara con más de 20 años a mis espaldas. Yo seguía esperándolo con la misma ilusión. Hasta que tú, poco a poco, has conseguido matármela. Me exaspera tu falta de interés. Me molesta que me des dinero diciendo "cómprate lo que quieras, porque eres muy difícil". Me molesta especialmente porque, aunque no sea lo que yo quiera, lo valoraré si pensaste en mí al comprarlo.
El año pasado decidí aceptar tu comodidad y ponértelo fácil. Te escribí una lista, incluyendo los sitios donde podías encontrarlos. "No será sorpresa, pero, al menos, no tendré otra desilusión", me dije. Tremendo error. Me volví a encontrar con el sobrecito del dinero. "Pides unas cosas rarísimas", me dijo. No eran tan raras, lo juro. Lo único que había que hacer era salir del barrio, ir a buscarlas a un lugar distinto del centro comercial de al lado de casa. Simplemente, mostrar un mínimo de interés.
Este año iba sobre aviso. Mi regalo lo compré yo hace un mes. Lo necesitaba y lo acordé con vosotros como regalo de Reyes. Aunque ya estaba estrenado, os lo llevé hace unos días a casa para que lo envolvierais y hacer la pantomima de recibirlo el día 6. Un simple detalle, un juego mínimo para no matar la "magia" de este día. A ti, seguramente, te dio igual, pero a ella yo sé que no.
El 5 saqué un tiempo que no tenía para acercarme a casa. Coloqué, con mimo, los zapatos de todos y fui poniendo nuestros regalos sobre ellos. Otro detalle -¿ves?, detalles, detalles-. Pensé que mi ausencia en casa se haría palpable cuando, por primera vez, este 6 de enero no amanecieran los zapatos colocados tal y como he venido haciendo todos los 6 de enero que puedo recordar. Y decidí gastar un poco de mi tiempo en ahorraros ese ratito de echarme de menos.
Pero no pudiste evitarlo. Tenías que fastidiar, sin querer, el día. Casi no me afecta que no te molestaras en buscar un detallito mínimo para mí. Iba preparada. Sabía que no tendría por tu parte más que el regalo pactado como también sabía que mamá recorrería medio Madrid buscando alguna cosita para que pudiera tener mi dosis de sorpresa e ilusión. No iba, sin embargo, preparada para tu desprecio por los regalos de los demás. El nuestro te gustó, por suerte, pero rechazaste todos los demás con una falta de empatía que me revolvió las tripas.
Gracias papá. Lo volviste a hacer. Me volviste a dejar mal cuerpo en este, mi día preferido. Pasé la tarde triste, echada en el sillón, tratando de digerir esa exhibición de falta de tacto, cariño y saber estar que acababas de representar.
Pero no me dejaré vencer. No. Al menos por este año. El próximo 6 de enero volveré a buscar ilusionada todos mis regalos, volveré a volcar todo mi cariño en cada uno de ellos y esperaré, con impaciencia, las muestras de vuestro amor. Y, tal vez, sólo tal vez, este año logre por fin encontrar el valor para decirte todo lo que quiero y debo decirte, para que te percates de cuánto echarás de menos ese regalo que ahora tan poco valoras el día en que te falte.