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12 de abril de 2009

Humo

"La verdad, no te esperaba". Y el humo salió en tropel de sus orificios nasales.

"Veo que sigues fumando". Me miró con ojos de por qué iba a tener que dejar de fumar y pegó otra calada. Sí, realmente, era una tontería, como si un perro decidiera dejar de mover el rabo o una naranja dejar de ser naranja.

"Y... ¿bien?"

"Bien". Seguía mirándole desde el umbral de la puerta, preguntándome qué coño hacía allí, qué estúpido razonamiento me había convencido para echar por tierra diez años -¡diez!- lamiéndome heridas, odiando, olvidando, o intentándolo al menos. Quién me mandaba a mí. Y ese humo con forma de interrogación que...

"Ya... ya veo". Calada. Seguía sin tragarse el humo, claro. Seguía fumando con esa mezcla de displicencia y elegancia, como si hiciera un favor al mundo por dejarle observarle.

"Sí, ya ves". Aspiraba, jugueteaba un rato con el humo en su boca y lo dejaba fluir a través de su nariz, con parsimonia, dibujando en el aire figuras caprichosas, sí, pero con la capacidad de subrayar, de remarcar el contexto de cada instante. Y aquel era un instante lleno de contextos.

"Hace ya... ¿cuánto hace?" Como en una partida de póquer. Ese era el símil. Una maldita partida de póquer en la que todos escondemos nuestras cartas fingiendo no saber lo que sabemos. Su humo contra mis ases en la manga.

"Ni idea. Mucho. Supongo". Siempre tuve instinto para tratar con la gente. Quizás debería haberme dedicado al póquer. De sobra intuía su impostura, de sobra sabía que había contado cada día como lo haría un preso en la celda de castigo. Exactamente igual que yo. Sólo que yo había tenido el control del cómo y del cuándo y él no había tenido más opción que esperar a que yo volviera a dar ese paso.

Le tocaba hablar a él, pero decidió pasar turno. No fue capaz de encontrar suficiente sarcasmo, supongo, así que dio otra calada para esconder su silencio. Y yo, repitiéndome "no importa, su aplomo es fingido, como el tuyo o más", ahogando el impulso de huir, aguantando el tipo para no delatarme. La impostura era de ambos, pero sólo yo conocía la inseguridad del otro. Esa era mi baza: tener conciencia de sus miedos y mantener ocultos los míos. Y acabar la partida con el máximo de figuras para minimizar esos daños que, sin duda, emergerían desde las sábanas sudorosas al amanecer.

12 de marzo de 2007

Desventajas de la transparencia

(Con perdón por el cuasi-préstamo del título)

Escribir un blog le vuelve a uno transparente. Por más que uno intente mantener una aséptica distancia, irremediablemente acabará volviéndose transparente. Post a post, uno va abandonándose, dejando de lado esa frialdad autoimpuesta y, libre de constricciones artificiales, comienza a mostrar trocitos de sí sin pretenderlo.

Un día le da a uno por releer sus primeros post y es entonces cuando cae en la cuenta de hasta qué punto se volvió transparente. Quién lo iba decir, yo, que siempre fui de opaco por la vida, que casi llevé a gala mantener mi pose hierática pasara lo que pasara. No importaba que fuera mi cumpleaños o que me estuviera jodiendo por dentro aquella historia imposible. Los demás son los demás y están fuera de mi mundo. Mi trato con ellos debía ser idéntico siempre.

Y entonces, le vence a uno su afán exhibicionista. Ese que jamás creyó tener –llevo a gala mi discreción y mi pasar inadvertido hasta la obsesión-, uno de esos yos que desconocemos y que un día descubrimos entre los cajones de nuestra conciencia. Y comienza a escribir un blog. “Pero, no, el mío es un blog estilístico, frío. Una pura elucubración intelectual”, se engaña uno.

Puede que sí, que lo fuera. La primera media docena de post, tal vez. Pero este medio es voraz y pronto lo fagocita a uno, lo vuelve del revés y le roba esa capa opaca bajo la que esconde su yo transparente.

Ante tanta transparencia, hay ocasiones en las que el natural huidizo de uno vuelve a rebelarse. Las circunstancias vitales claman por ser publicadas, por tomar al asalto ese espacio público de la transparencia.

En estas ocasiones, al bloguero, perdida ya para siempre toda capacidad de opacidad, sólo le queda una salida: disolverse en medio del silencio.

30 de noviembre de 2006

El equilibrista


No llueve, no. Diluvia. “Por fortuna”, se dice Luis. Nada como un auténtico chaparrón para arrastrar la rabia. Corre con furia calle arriba. Zancada a zancada, metro a metro, dejando un rastro de adrenalina, sudor y cólera.

Son días de conflictos, de decisiones. Y a Luis nunca se le dio bien decidir. Él siempre lo quiso todo. Mantener un pie en cada lado del camino, esquivar las bifurcaciones. Pero ahora los caminos se separan demasiado e insistir en mantenerse en ambos acabará en batacazo, bien lo sabe.

El instinto, el deseo. El equilibrista Luis lanzado de golpe a la realidad. Empujado al vacío por la fuerza de la razón, de lo correcto, de lo marcado a fuego en el camino principal.

Querría vivir dos vidas. Aunque sabe que entonces acabaría queriendo vivir cuatro porque las bifurcaciones surgen a cada recodo. Irremediablemente. Elegir, elegir. Descartar un podría ser. Arrastrar para siempre aquel pudo haber sido.

Y ese glotón de vida que es Luis, ese militante de la indecisión, de la elección múltiple, obligado a tomar partido, a sufrir en cualquier caso el sentimiento de pérdida. Pérdida de su otra vida, la que ya no vivirá, la que dejará esperando ad aeternum en la otra rama del camino.

Queda la rabia. La razón adulta enfrentada al instinto pueril y vital. Correr, correr. Subir furioso la calle hasta caer agotado. Sentir la lluvia resbalar por su cuerpo sudoroso y exhausto. Lluvia y sudor confabulados para barrer su malestar, para vaciar esos depósitos de rabia que pronto volverán a llenarse. Correr con la mente en blanco, el gesto torcido y el alma encendida. Correr.

20 de noviembre de 2006

Banda sonora

Por eso qué más da
que este mundo esté al revés
dime qué más da
si me besas otra vez.

Suena este horror de radiofórmula, uno más de tantos que han sonado esta noche. Y me coges y bailamos y me miras a los ojos mientras me cantas esa estrofa a la que jamás antes presté atención. Y siento que es cierto, que me da igual, que me importa un bledo que estos días mi mundo ande boca abajo porque ahora, justo en este momento, estamos en los dominios del alcohol, del sudor, del baile desenfrenado y liberador.


No es la primera vez que ocurre. La banda sonora de nuestras vidas se va perfilando, tema a tema, con momentos como éste. Instantes en los que una letra, una melodía, cobra vida y nos toca, abandona su intrascendencia para cincelar a fuego nuevas aristas en nosotros. Canciones a menudo superficiales, incluso estúpidas, creadas industrialmente para consumo de estómagos poco exigentes, pero que por alguna razón acaban sonando en el momento preciso, en el aquí y el ahora justo para llegar a nuestra alma.


Como aquel Déjame de los Secretos, principio y final de todo. Punto y final de mi inocencia. Patada a seguir del yo que soy ahora. O aquel Nada fue un error que, insolente, desvela el entramado de autoengaño con el que queremos disculpar nuestros saltos al vacío. O esa Mi vida sin ti que gritamos en trío tratando de expulsar cuanta rabia guardábamos. Ninguna figuraría en mi lista de canciones recomendadas, pero ahí están, formando parte indeleble de mí para el resto de mi vida.


Sí. Y qué más da que este mundo, mi mundo, esté al revés. Mientras nos queden noches de bailes, de complicidades, de búsquedas. De fundirnos tú y yo para lamernos las heridas que la vida o nosotros mismos nos empeñamos en infligirnos. Dime qué más da.

27 de octubre de 2006

Metro

Jueves. Interior de vagón de metro. Un túnel cualquiera entre dos estaciones cualesquiera en la ruta del trabajo a casa. Rostros cansados y anodinos, aburridos, con esa mirada perdida del que viaja en metro. Nada que mirar por las ventanas, así que, si no llevas lectura, el subconsciente se torna dueño del viaje.

Javier sí lleva lectura, pero no ha llegado a sacarla. Su subconsciente ya dominaba antes de entrar en el vagón. Se le agolpan los pensamientos. Nada concreto, porque, pese a todo, su conciencia aún conserva un resto de poder y se niega a que tomen forma, a que acaben definiendo eso que lleva tiempo pugnando por salir.

Javier juguetea con el móvil como un autómata. Va de pantalla en pantalla sin apenas percatarse. Hasta que se descubre a sí mismo escribiendo un mensaje.

“Teresa, te quiero”

Puñetazo de realidad. El poder de la verbalización. Se acaba de plasmar en palabras y es como si comenzara a existir, a pesar de que lleva meses allí, como una obsesión enterrada por el sentido común. Y entonces Javier da forma a esos irrefrenables sentimientos que ha tratado de negarse a toda costa. Y se percata, por primera vez, del lío en el que se está metiendo.

12 de julio de 2006

Huye

Sigue adelante. No pares. Huye. Ya son diez años juntos. Desde los catorce. Toda una vida. ¿Le quieres? ¿Qué pregunta es ésa? Son ya diez años, cómo no vas a quererle. Sí, le quieres. Pero, ¿y este vacío? No importa. No pienses. Sigue adelante. Hay que avanzar, dar otro paso, huir, huir. ¿Nos casamos?
...
¿Ves como sí? Sólo había que avanzar un poquito, desatascarse. Ahora, casados, mucho mejor. Un año más. ¿Y ellas, mis amigas? Ellas no saben, no tienen a nadie. No es como vosotros, felices, casados. Parecen aún adolescentes, tanto entrar y salir.
...
¿Y esos gritos, esas peleas? No pienses, tonta. Cosillas de pareja. Sigue adelante. No parar: ésa es la consigna. Tened un hijo. Eso une, ya verás. Todo se arreglará. Lo importante es continuar, huir, huir.
...
¿Eres feliz? Claro que sí. Seguro que sí. ¡Tienes ya dos niños preciosos! Mírate dónde estás. Y no tienes ni treinta. No pasa nada, son rachas. Ellas no maduran, no sientan la cabeza. No como tú. ¿Que ya no habláis? Es que hay que esforzarse. Estáis cansados. Ya verás como pronto pasa.
...
¿Y ahora? ¿Qué? ¿Adónde huyo? Me miro al espejo y pregunto qué fue de mi vida, adónde llegué después de tanta huida hacia delante. Eh, estúpida, ¿qué tienes que decirme ahora, qué próxima etapa quieres que queme para calmar este vacío? ¿Qué cuento de hadas me contarás esta vez? Se acabó. Me he tragado tus mentiras –mis mentiras- demasiado tiempo. Hoy me miré al espejo y te vi. Vi tu cara fracasada, la tristeza sembrada por esa relación que nació muerta y te empeñaste –os empeñasteis- en perpetuar más de quince años. ¿Y ahora? Ahora... no me queda ya sitio adonde huir.

22 de junio de 2006

Prisa

Está en rojo y, sin embargo, Pedro no pone su motor en punto muerto. Nunca lo hace. Mantiene la marcha metida y adelanta poco a poco su coche a la espera del semáforo. Cuando cambie a verde, ya hará un rato que traspasó el paso de cebra. Carece de paciencia. Le vuelve del revés esperar en los semáforos.

En la oficina de al lado, Teresa toca insistentemente el botón del ascensor. Sabe que tardará -son 19 pisos-, pero esa certeza no sirve para calmarla. Un minuto puede resultar inmenso viendo iluminarse los distintos pisos.

Varios metros más abajo, el metro entra en la estación. Una anciana empuja impaciente a dos fornidos hombres. Quiere salir. Los dos hombres se miran, impasibles, y sonríen con displicencia. No se apartarán: el metro aún no se ha detenido y ellos también quieren salir. Pero la anciana seguirá empujando, ansiosa, tratando de llegar a la puerta.

Aquel hombre golpea la máquina de cocacolas porque pensó a los dos segundos que se había tragado sus monedas. Esa otra mujer chasquea la lengua al considerar que la cajera tarda demasiado en atender a los clientes del banco. Y el hombre joven, que engulle a diario con repugnancia su leche fría porque nunca acaba de esperar a que se caliente bien en el desayuno. Y Doña Juana, que tratará invariablemente de colarse en la frutería. Y el anciano del quinto, que cruzará con su paso torpe por mitad de la calle para no tener que subir hasta el semáforo.

Minutos, segundos apenas. ¡Precioso tiempo que no podemos derrochar! Después, ya en casa, todos ellos dejarán que el sofá les engulla mientras pasan las horas frente al televisor. Para eso, claro está, llevan ahorrando preciosos segundos todo el día.

14 de junio de 2006

Veinte minutos

Veinte minutos. Eso es todo. Se podría decir que las vidas de Mauro y Joaquín tuvieron longitudes análogas. ¿Qué son veinte minutos en una vida? Veinte minutos, mil doscientos segundos, apenas un tercio de hora de diferencia.

Mauro y Joaquín murieron ayer en el mismo instante, cama con cama. Habían nacido ochenta y tantos años antes con apenas veinte minutos de diferencia. Se podría decir, según algunos, que ambos vivieron el mismo tiempo. Sin embargo, el tiempo físico, el que marcan calendarios y relojes, no es más que un recipiente, una suerte de globo que expandir a nuestro antojo a base de insuflarle vida. Y es que, si Joaquín se había estirado su globo hasta límites increíbles, el de Mauro permanecía aún minúsculo, casi virgen.

Decir que vivió es mucho para Mauro. Digamos que nació ya cansado de la vida y la infancia difícil de aquellos años acabó por hacer el resto. Su indolencia vio pasar día tras día hasta que de repente se encontró viejo. Y entonces se sentó a esperar la muerte.

Joaquín, en cambio, se bebió la vida. Se rebeló contra la sinrazón de su época y decidió Vivir, así, en mayúsculas. Luchó, sufrió y amó como nadie; buscó –incansable- su esencia y exprimió cada momento hasta el final de sus días.

Y ayer ambos se fueron finalmente. Se cumplió, una vez más, esa injusticia caprichosa del tiempo, que se da por igual a quienes lo ansían y quienes lo desprecian.

En Norteamérica se da una especie de mariposa a la que los aztecas llamaron papalotzin. Su existencia, en principio, transcurre como la de cualquier otra mariposa: nace como una larva, forma su crisálida y se metamorfosea en mariposa para reproducirse y morir. Una vida corta, de cuatro o cinco semanas, con el único propósito de perpetuar la especie. Y, sin embargo, la papalotzin representa una de las más bellas metáforas de la naturaleza. Cada cinco o seis generaciones de mariposas nace la denominada “generación Matusalén”. Sucede al final del verano, cuando se encuentran en Canadá y el Norte de los Estados Unidos y los fríos del otoño comienzan a amenazar su supervivencia. Es entonces cuando la generación Matusalén emprende su viaje hacia el centro de México. Seis meses de vuelo incansable, una auténtica proeza para cualquier insecto.

Lo maravilloso de esta historia es que esa generación, cargada con mayores obligaciones que el resto, goza también de más tiempo de vida para llevar a cabo su misión. Si sus antepasados –y sus descendientes- tuvieron –y tendrán- apenas un mes, éstas cuentan con seis largos y preciosos meses. Volviendo a nuestro cuento, en el mundo papalotzin, Mauro habría muerto a los ochenta, pero Joaquín dispondría de 480 intensos y apasionados años.

31 de mayo de 2006

Bookcrossing

Era débil -lo reconocía- y sucumbía sin remedio a cuanta moda o tendencia se impusiera en cada momento. Por supuesto, tenía blog desde hacía tiempo, posteaba a diario y comentaba sin dudar en cualquier blog que pasara por su pantalla. Incluso había llegado a mantener varios blogs bajo distintos pseudónimos y se hacía comentarios halagadores a sus mismos posts. Cosas del anonimato.
Hacía tiempo, sin embargo, que su espíritu de fashion victim sufría ante la imposibilidad de añadir una nueva tendencia a su colección. Y es que su fetichismo exacerbado por los libros le impedía practicar el bookcrossing. No es que no lo hubiera intentado, no. Elegía el libro, lo preparaba con mimo y seleccionaba el lugar adecuado, pero luego le angustiaba desprenderse de él. Lo depositaba con una suave caricia de despedida y se volvía con ademán decidido dispuesto a abandonarlo para siempre. Sin embargo, siempre acaba regresando, no sin cierta angustia, para rescatarlo. Y así iban transcurriendo los días, conviviendo con su frívolo conflicto interno, su necesidad imperiosa de hacer y seguir tendencia y su incapacidad manifiesta para lograrlo.
Hasta que la industria de la cultura vino en su ayuda. Uno de esos días suyos de compra compulsiva de libros coincidió casualmente con cierta efeméride. Para celebrarla, regalaban un modesto librito con cada compra. Y se encontró, de repente, volviendo a su casa con dos montones de libros: el de los comprados y el de sus parejas, esos libritos-regalo. Encontró en esa montaña de libritos repetidos la manera perfecta de completar su anhelo. Practicaría el bookcrossing con ellos sin temor al remordimiento.
El primero de los libritos lo abandonó en clase. Regresó a casa con la enorme satisfacción de haber efectuado la primera acción de su nueva tendencia. Poco duró, sin embargo, su satisfacción. El profesor advirtió lo que creyó un olvido y se encargó de devolverle el librito al día siguiente. “Creo que te dejaste, esto” y se lo acercó con una sonrisa.
Su siguiente intento lo llevó a cabo en la estación de tren. Cogió un número para la ventanilla de tickets y se sentó a leer disimuladamente un libro de poesía dejando a su lado el librito. Por supuesto, no tenía intención de comprar billete alguno. Aun así, esperó pacientemente enfrascado en su lectura a que le llegara el turno. Hora y media de poemas entre maletas y avisos a viajeros. Cuando vio por fin su número en la pantalla, se levantó con cierto aire triunfal dejando el librito abandonado a su suerte en el asiento. No hubo suerte. Aquel hombre guapísimo con el que se estuvo cruzando miradas durante la espera quiso devolverle el libro. “Toma, te dejabas esto.”
No sé si fue efecto de su hermosa voz varonil o de esa belleza desarmante de su rostro, pero lo cierto es que esa vez no le importó tanto el fracaso de esa nueva tentativa de bookcrossing. Menos aún cuando, de vuelta al metro, descubrió su teléfono insertado entre las páginas del librito. Quien sabe, quizás esa noche probaría suerte llamando al teléfono del desconocido. Lo cierto es que ya anda buscando nuevos lugares donde seguir practicando esa modalidad tan particular de bookcrossing. Y es que, definitivamente, esto de seguir las tendencias no está nada mal.

18 de abril de 2006

Armarios empotrados (I)

Los hay de muchos tipos. Algunos son endebles, fácilmente desmontables. Otros sólidos, robustos, pero con una doble puerta que se abre y se cierra a conveniencia. Armarios viejos, de toda la vida, o armarios que no resistieron más que unos años, que desaparecieron víctimas del deseo.

El suyo era uno del peor tipo. Uno de esos armarios empotrados que por más que se quieran ignorar permanecen siempre ahí, inalterables e insolentes. Un armario forjado desde el mismo día en que nació para mantenerle encerrado, aprisionado, asfixiado por el resto de su vida. Uno de esos armarios vestidos de arriba a abajo, de los que se muestran en los escaparates como modelo de orden y concierto.

Armarios como ese se fabrican en masa cada día; cada día nuevos niños y niñas entran en sus armarios para emprender esa vida modélica creada por algún diseñador sádico. En general, la pervivencia en el armario es tranquila. Lo suficientemente cómoda para que su inquilino no se rebele. Pero, ay de él si por alguna caprichosa circunstancia del destino logra sacar un sólo momento la cabeza del armario. Entonces, el pobre inquilino estará perdido. No podrá escapar del armario pero su existencia ya no será la misma. Habrá descubierto la luz de la vida, la pasión por la plenitud y estará condenado por el resto de sus días a tapar tórpemente las grietas que ya sin remedio aparecerán día tras día en su sólido armario.

No sabemos si Manrique era ya consciente de su situación dentro del armario. Se pasaba el día, eso sí, cemento en ristre, tapando y tapando, en su particular huida hacia adelante, tratando de que cada nueva y desesperada acción que emprendía -acciones descabelladas a los ojos de los demás- matara de una vez por todas aquella insatisfacción que le comía por dentro. En el fondo, estamos seguros de que Manrique era consciente de la fatuidad de sus intentos, aunque no por ello decidiera bajar los brazos y rendirse al deterioro del armario. Podría, dirán ustedes, haberse salido del armario, pero es que eso, amigos míos, está fuera de toda posibilidad cuando de armarios empotrados se trata. Y el de Manrique era uno de los más empotrados que hayamos visto jamás.

La historia de Manrique transcurrió apacible dentro de su monótono armario durante bastantes años. Había, no obstante, ciertos signos que no le habrían pasado por alto a un observador atento. Y es que hay personas menos aptas que otras para vivir encerrados en armarios. Habita en ellos una suerte de rebeldía, de libertad interior que les llevará a sentir curiosidad tarde o temprano por el exterior del armario. Ya en su más tierna pre-adolescencia, Manrique coqueteó con ese otro mundo vetado. Le gustaba huir a escondidas de esa férrea separación de sexos que le habían inculcado.

Colegios masculinos, amiguitos masculinos, actividades masculinas… Las niñas son distintas, le habían dicho. Y él lo creía, se jactaba de ello, y proclamaba cuando podía esa superioridad masculina frente a la estulticia y el histerismo de las mujeres. Y, sin embargo, a menudo se quedaba extasiado de curiosidad ante cierta vecinita, una suerte de chicazo que lideraba un grupito de niños que habían tenido la suerte de escapar de los armarios.

27 de marzo de 2006

Nada

Ella mira fijamente la televisión como sólo miran los que en realidad no miran nada. Y es que ella lleva horas ahí sentada, con la vista fija en ese infinito de la pantalla, sin saber muy bien qué es lo que ve. Esta mañana se negaba a salir de la cama. Sólo lo hizo cuando el quejido de sus huesos por las horas de cama se hizo insoportable. Derechita al sofá, con el mando a distancia y la manta, aquella que tantas veces compartió con él. El mando y la manta, compañeros inseparables de todas esas horas de soledad, testigos fieles de las lágrimas de cientos de abandonados que, como ella, buscan consuelo en la nada televisiva.


Ni siquiera ha hecho uso del mando. El zapping no tiene sentido si no es en compañía. Uno tras otro se fueron sucediendo los espacios. Una serie, un noticiario, una película infumable, otra serie, otra más, un concurso, un programa de algo inclasificable, un noticiario de nuevo... la nada absoluta. La luz ha ido variando. El sol comenzó a bañar su cara y luego se fue escondiendo, ofendido porque ella no le hizo el menor gesto. Y allí, en la penumbra del atardecer, ella sigue mirando sin mirar, esperando sin esperanza que suene ese teléfono que sabe que no sonará.

13 de marzo de 2006

Lawrence

María se deja subir por las escaleras de la FNAC entretenida en sus pensamientos. Ha sido ese un fin de semana maravilloso, plagado de encuentros, confidencias y complicidades no siempre esperadas. Un fin de semana acompañada por personas especiales todas ellas, cada una a su manera.


María piensa en cada minuto y se siente afortunada. Porque no hay mayor fortuna que percatarse de que pasaron dos días sin sentir, que le fueron sustraídos dos días de su vida por gente tan especial. Piensa en sus ladrones de tiempo y se deleita reviviendo una y otra vez cada instante.


Por eso está allí. Qué mejor manera de culminar ese fin de semana que con Lawrence, su Lawrence. Busca ansiosa la película. No está en cine clásico. Tampoco en el de autor. Incrédula, pregunta a un dependiente si es que no existe edición en DVD. "Cine histórico", le indican. ¿Cine histórico? ¿Quién es el encargado de clasificar las películas? Pensando aún que el dependiente no quería más que quitársela de encima, acude a la sección. Efectivamente, allí está, rodeada de westerns. ¿Los westerns también son cine histórico? Lo que no hay es peplum. Se ve que los romanos no entran en la categoría de "histórico". Deben estar en otra sección, en "Erótico" o algo así.


Siempre le gustó Lawrence. Sólo él es capaz de regresar a la muerte para buscar a un amigo, de enfrentarse a la certeza y volver al desierto aferrado a la esperanza de encontrarlo con vida. Lawrence, ese cabezota ético y comprometido, ese alma libre e incomprendida. Su Lawrence.


Se dirige con su película a la salida, pero a medio camino se detiene. Una cosita más. No, no puede terminar el fin de semana sin adquirir otra cosita más. Da media vuelta y sube a la planta de Literatura, a la C. Calvino. Es preciso encontrar ese título que no recuerda. No está en "Bolsillo", pero aliviada lo descubre en la otra sección, la de las ediciones caras.


Ahora ya sí, con su Lawrence y su Si una noche de invierno un viajero, emprende el camino a la caja. Mientras le llevan las escaleras mecánicas se sorprende a sí misma en uno de los espejos: sin darse cuenta, abraza con mimo los dos objetos. Se mira a los ojos y se ve sonriente. Entonces se percata de que lleva esa sonrisa fijada en la cara desde el sábado por la mañana. Y sonríe aún más. Porque se siente afortunada y porque sabe que su sonrisa perdurará, seguro, el resto de la tarde.

10 de marzo de 2006

Brüsel

Hoy he puesto patas arriba mi piso buscando aquel plano de Bruselas que antaño me gustaba memorizar. Hubo un tiempo en el que lo caminaba mentalmente rememorando nuestros paseos. Me fascinaba tratar de engarzar mi recuerdo de aquellas calles con esa abstracción de polígonos y letras. Era incapaz de reconocer el callejón donde nos encontramos, el portal donde me besaste. Ni siquiera la Grand-Place del mapa se asemejaba a la imagen que yo guardaba.

Aquel fue mi primer Viaje, así, con mayúsculas, mi primera salida de España. Me emocionó cruzar la frontera. Como en una premonición, había vivido los preparativos de ese viaje como algo iniciático. Abierta, expectante, ansiosa por conocer una ciudad que siempre promete más de lo que da.

Tenía familia en Bruselas. Emigrantes a la vieja usanza, de los que se casaron y tuvieron hijos allí pero que aún son incapaces de manejar bien el idioma. Gentes sencillas que conservan todavía la España de hace 40 años, escandalosa y bullanguera, que jamás se integraron y que frecuentan la Casa de España con la misma frecuencia y devoción con la que las viejas beatas acuden a misa.

Mi familia me había hablado de tu ciudad. Del Atomium, del Palacio Real, del Manneken pis. Y de la Grand-Place, claro. Mi deseo de aventura hizo el resto y la convertí en mito. No me importó que el Atomium fuera un trasto viejo y oxidado, que el Palacio fuera uno más entre tantos ni que el Manneken resulte casi ridículo como emblema de toda una ciudad. No, no me importó en absoluto que tu ciudad fuera una caricatura patética de lo que fue, porque todo su recuerdo quedo bañado por ti.

¿Recuerdas la noche en que te vi? Acababa de cenar con todos en aquel restaurante de la Grand-Place. Deambulé sin rumbo con un grupo de diez o doce compañeros por esas calles tan húmedas como solitarias. Las ocho de la noche y todo muerto. Entramos en un pasaje comercial, el único sitio donde encontramos cierta animación: un puñado de lugareños rezagados y un malabarista. Nos detuvimos a presenciar el espectáculo. No estaba mal del todo. Giré mi cabeza y te vi, a pocos metros, riendo con el resto del público. Volví al espectáculo, pero ya no existía para mí.

Al volverme a mirarte por segunda vez me encontré con tus ojos y la turbación me obligó a mirar al suelo. Yo aún no sabía nada sobre estos juegos. Me concentré en el malabarista mientras sentía tus ojos clavados en mí. Cuando acabó, todos aplaudimos y echamos a andar hacia el extremo de la galería. Tú ibas algo adelantado y giraste a la izquierda. Y entonces cometí la osadía de pararme y seguirte con la mirada. La primera osadía de tantas que vendrían después, el primero de mis juegos de seducción. Y te volviste. En su día pensé que sabías lo que hacías, que era una más entre las muchas que seducías. Ahora estoy segura de que tú, pese a tu edad, también comenzabas a jugar. De todas formas, tampoco me importó entonces. Había llegado dispuesta a descubrir esa nueva ciudad. Y la ciudad te incluía a ti.

Te acercaste con sonrisa pícara y comenzamos a hablar. Tú sólo sabías francés; yo, español e inglés. Allí aprendí que la comunicación es sencilla cuando el interés es grande. Un par de frases cruzadas y decidí que me iría contigo. Mis incrédulas amigas me miraron severamente. "¿Estás segura?" Creo que ni contesté. Ya me habías pasado tu brazo por el hombro y nos dirigíamos a la calle.

Caminamos sin rumbo, contándonos cientos de cosas que el otro jamás iba a entender. Tus veinte años parecían un mundo para mis quince. A los quince, un solo mes es mucho tiempo y entre tú y yo la distancia se me antojaba una vida. Un vida llena de conquistas y experiencias.

Tras un rato de calle en calle, comencé a sentirme como Luisa en Fragmentos de interior. Desorientada, asustada, desconfiada. No sabía dónde estaba, no hablaba la lengua y mi único asidero era un completo desconocido. Recuerdo que pasamos junto a la Ópera y comenzó a llover. Nos refugiamos en unos soportales y allí, sentados, trataba de contarte cosas para olvidar mi miedo. Y me besaste. El primero fue un beso tierno, tímido; el resto, torpes e insolentes. Notaba tu lengua moverse ávidamente por mi boca, me sentía casi invadida. Entonces me preocupó que no me estuviera gustando demasiado. Eras demasiado inexperto, demasiado torpe -ahora lo sé-, y estabas demasiado ansioso en ese tu primer juego.

No, no me gustaba sentir tu lengua húmeda y ruda casi en mi garganta. Pero, al mismo tiempo, me abrazabas con tanto mimo, me mirabas con tal ternura que realmente no sabía a qué atenerme. Cuando comencé a temblar de frío, me arropaste con tus brazos y reemprendimos el camino. Mi desconfianza se esfumó al reconocer de nuevo la Grand-Place. Me preguntaste si podías llamarme. Hoy probablemente te habría dado mi número de móvil. En aquel momento, me encogí de hombros y te dije que al día siguiente también cenaría en la Grand-Place.

No creí que volvieras. En realidad, tampoco estoy segura de que lo deseara. Me daba demasiado miedo ser utilizada. Nunca se me dio bien la adolescencia. Mi infancia había transcurrido rodeada de chicos. Se puede decir que tenía un gran éxito entre el otro género. Corría, saltaba, jugaba como el que más, de igual a igual, sin remilgos ni mohines. Me encontraba a gusto entre ellos. Gustaba y, en cierto modo, seducía a mis compañeros de juego en un pequeño ensayo de mi futura poligamia adulta. Pero la adolescencia era otra cosa, había otras reglas que yo jamás comprendí y mi antiguo éxito se llenó de fracasos. Llegué a creer que no gustaría a los hombres, cuando lo único cierto es que no gustaba a los adolescentes. Y por eso creí siempre que no me valorarías, que sería una conquista más que contar a tus amigos.

Pero allí estabas la noche siguiente, Simón, vestido como un novio que recoge a su prometida. Ignoré los cuchicheos de mis amigas mientras andaba a tu encuentro. No hubo nada nuevo esa noche, salvo mi recobrada confianza. Deambulamos nuevamente abrazados, nos besamos y conversamos sin comprendernos, esta vez sin temores. Y, al despedirnos, repetías sin cesar algo que yo no entendía. La suerte y la casualidad hizo que nos encontráramos con una compañera que hablaba francés: me estabas dando tu dirección, me pedías que te escribiera.

Dudé mucho, a mi vuelta a Madrid, sobre si debía escribirte o no. Tenía la certeza de que no esperabas mi carta. Casi sabía, incluso, que tu dirección era falsa. Sin embargo, tuve que escribirte. Te lo había prometido y mi honestidad me forzó a cumplir mi palabra. Escribí una carta sincera, hablándote de todas mis dudas, de mi miedo al sentirme perdida en mitad de Bruselas. Javier, un queridísimo amigo, me la tradujo.

Jamás volvimos a vernos. Nos carteamos, eso sí, durante años, hasta que perdí el contacto con Javier y, por tanto, mi única posibilidad de comunicación contigo. Tus cartas -y mis originales en español- convivieron durante años con mi preciado plano de Bruselas en una caja de zapatos, mi caja de los tesoros.

Hoy quise recuperarlas. Volver a leerlas y caminar contigo por mi plano. He revuelto todo mi piso infructuosamente. Es lo que tienen las mudanzas, que siempre dejan trozos de vida olvidados en la antigua casa. En su lugar, sin embargo, he encontrado este viejo cómic, Brüsel, que denuncia la furia especuladora que devoró tu ciudad, que sustituyó su fachada modernista por esa fea estética funcionarial. Y, recorriendo sus viñetas, he vuelto a revivir aquel beso torpe que me diste bajo el soportal.

3 de marzo de 2006

Conferencia

El conferenciante seguía lanzando su verborrea, impasible ante los ojos que se cerraban, las cabezas que iban cayendo, los cuerpos que poco a poco abandonaban su compostura atrapados por la somnolencia.

Yo me resistía a mirar al reloj, pese a sus gritos que, desde la mesa, reclamaban mi atención. Porque sabía que los minutos son hedonistas y cuanto más se les mira más se resisten a marchar.

Empezaba a sentir ya el desdoblamiento, esa sensación tan habitual en los que somos búhos cuando las aventuras nocturnas nos pasan factura en ese reino de las alondras que son las primeras horas de la mañana. Luchaba por asimilar el incomprensible blablá en un inútil intento de encontrar algo que me aferrara al mundo de la vigilia. Y, sin embargo, sabía que no había nada qué hacer porque ya estaba desdoblada, flotando, mirando mi cuerpo adormecido una última vez antes de salir de viaje. ¿Adónde me llevaría esta vez?

28 de febrero de 2006

Un ataque

Mírale. Sufre un ataque de ego. Hoy se siente artista, se piensa trascendente. Puede que incluso crea que ya lo logró, que ya ha trascendido.


Y allá va, mirando por encima del hombro. Entra en el metro enseñando desdeñoso su carpeta de trabajos. En la otra mano, el tubo de pinceles. Sí, podría llevar el tubo en la mochila, pero entonces nadie lo vería. "Miradme, pobres mortales, soy inmortal porque he trascendido. ¡Puedo crear!"


Y en el fondo, él sabe que este ataque de estúpida egolatría no es más que un fruto pasajero de su ciclotimia, un efecto secundario de la noche anterior. Esa noche -como tantas otras antes- en la que volvió a sentir una furia creadora.


Y hoy, apenas sin dormir, pavonea esa absurda egolatría. Sí, hoy se siente un dios. Y mañana... mañana será otro día.


17 de febrero de 2006

Llamadas perdidas

Hay veces en los que el día me sale de una estupidez inapelable. Se me cruza por la cabeza una idea absurda y obsesionante, el impulso de cometer una barbaridad por encima del dictado de la razón. Y me paso el día enterrando una y otra vez esa idea aberrante, descartándola, empujándola hasta los confines más recónditos para que resurja una y otra vez y me tiente dulce, me seduzca tramposa.


Ayer fue uno de esos días. Tu recuerdo vino a mí sin previo aviso. Algo que debí soñar, supongo. A las ocho de la tarde ya no pude más. Revolví media casa buscando aquella agenda donde una vez estuvo tu móvil apuntado. Sabía que no debía llamarte y, sin embargo, allí estaba, con tu número en la mano.


En una pequeña victoria in extremis de mi yo racional oculté el número de mi móvil antes de llamarte. Y marqué. "¿Sí?" Oír tu voz. Volver a oírla después de tantos años. Escuchar ese que tanto removió en mí. Y colgar. Una estupidez. Una pequeña satisfacción concedida al instinto autodestructivo.


Algo me dijo que supiste que fui yo, que viste ese número oculto y descolgaste con la certeza de que oirías mi voz al otro lado.


Hora y media más tarde, sonó mi móvil. Salí a trompicones del baño, tarde para descolgar. El ruido de la llamada había cesado justo cuando acababa de coger el teléfono. En la pantalla, un número oculto y en mi pecho, el miedo de que realmente fueras tú.


14 de febrero de 2006

Él

No. Yo no quería salir anoche, como tampoco quise salir la noche anterior, ni la otra. Y, sin embargo, allí estaba, maqueado de arriba a abajo, recorriendo uno por uno los bares a los que soléis ir. Patético. Todo el día mentalizándome, odiándote, prometiéndome a mí mismo que no, que esa noche no acudiría al son de tus cantos de sirena. Y, sin embargo, allí estaba, buscándote desesperado.

Y cómo jode. Cómo jode no ser dueño de mis actos, no ser capaz de imponerme al instinto. "Es injusto que te quedes en casa, muerto del asco por su culpa." Sí, esa era la disculpa que me repetía, la defensa en ese autojuicio con veredicto ya dictado.

Marta, al verme llegar, se sintió sorprendida. Había pasado a buscarme como cada noche y yo me había disculpado con una excusa barata. Me había aprendido bien la lección. Sí, hasta que pensé en ti y la ansiedad me hizo sentir huérfano. "Iré, para estar con Marta. A ella, ni caso." Un nuevo argumento falaz, la débil justificación de una voluntad que aún se negaba a reconocer su derrota.

Allí, en la barra, bromeaba animado con Marta, posando mi ensayada indiferencia hacia a ti. Una copa, dos, otra más. Idas y venidas al baño, a la otra pista de baile, a la puerta. Cualquier cosa para no mirarte, para quitarme tu baile de mi cabeza. Pero ahí estabas, cabrona, desplegando tus encantos. Restregándote con Silvia, emanando sensualidad como sólo tú sabes, meneando tu culo conscientemente para ponerme a mil. Y vaya si lo estaba. Cómo te odio.

El alcohol acabó de arrastrar el último saco de mi maltrecho dique. Te acercaste a la barra a pedir. Yo sé que no ibas a pedir. Viniste a darme el toque de gracia, a restregarte contra mí para hacerte sitio. Desarme incondicional. Me miraste, sonreíste y se acabó: mi lengua dentro de tu boca, lasciva, desatada al fin tras un duro tormento. Lo habías logrado, como siempre.

Y ya no hubo más noche que la nuestra. La tuya en realidad, porque la mía acababas de robármela, una vez más. Salimos a trompicones del bar, descontrolados por el deseo irrefrenable. Y ese morbo, ese morbo por descubrir dónde sería esa noche, en qué sitio insospechado me tomarías. Porque no te tomo yo, no; desde que lo dejé contigo eres tú quien decide, quien seduce y quien me toma.

"No. Para. No estamos bien. Mejor hablamos mañana, sobrios", me dijiste. "Me voy para casa. Prefiero aclararlo todo antes que seguir con esta historia dañina." Otra de tus tretas, de tus artimañas. De sobra sabía que te morías de deseo. Todo tu cuerpo lo cantaba a voz en grito. Y decidí seguir el juego.

Caminamos abrazados hacia tu casa, deteniéndonos a besarnos, a restregar nuestros cuerpos en una masturbación tan real como negada por ambos. Y decidí atacar. No, no iba a dejar que te largaras así. Te conozco demasiado bien y sé qué te pone cachonda. Un ataque directo a tu oreja, a tu cuello; una infalible caricia, sutil y delicada, con mis labios y mi lengua. Apenas resististe. Demasiado bien sabías que tu piel erizada no mentía, que tu cuerpo estremecido proclamaba que ya no irías a casa. No tan pronto.

Y allí, frente a tu casa, claudicaste. O simulaste claudicar. Porque bien sé que lo habías planeado todo al detalle. "Espera, aquí no, allí." Y señalaste una obra. Estoy seguro de que ya te habías fijado en ella esta mañana, que ya te habías excitado pensando en lo que allí haríamos esa noche.

Nos colamos por una valla tan maltrecha como mi determinación para odiarte. Y allí, apoyados contra un muro, rodeados de escombros, te desabroché el top y me sumergí ávido en tus pechos mientras tú me la sacabas.

Y lo que allí pasó, maldita hija de puta, no podré olvidarlo. Seguro que lo sabes. Lo hiciste a propósito. Para tenerme cautivo y maleable. Para que esta noche, una vez más, me lleves a otro de tus descabellados sitios y hagas de mí un juguete sexual a tu antojo.

Ella

Nunca pensé que lo que pasó anoche fuera posible. Había oído historias, pero las descarté como meras fanfarronadas. Ahora sé que es posible, aunque... me lo guardaré para mí. No me creerían. O quizás sí, pero tampoco quiero compartirlo.

Llevamos todo el verano jugando al ratón y al gato. Cada día transcurre lleno de curvas, entre tus desplantes chulescos ante los demás y tus huidas apresuradas al quedarmos a solas. Y luego, cada noche, nuestra ración de sexo. No un sexo tierno, callado, casi tedioso, como el de antes, sino uno salvaje y desatado.

Y el día de ayer fue uno más, un calco del resto de este extraño verano. Bajaste, como cada mañana, con Marta a la playa. Te vi llegar a lo lejos, pero fingí no verte. Me tienen tan desconcertada tus cambios de humor que casi me da miedo averiguar con qué pie vienes. Aunque era fácil. Venías con el pie autosuficiente, ese de perdonavidas, el que toca cuando estoy con mi gente. Si no fuera porque te conozco, porque sé que todo es fachada, te habría mandado ya a la mierda.

Tus risas cómplices con Marta, esos chistes privados, esos cuchicheos... Deberían molestarme, pero no lo hacen. Se trata de darme celos, lo sé, pero te has buscado un mal aliado. Marta tiene demasiada afición por los culebrones y corre siempre a contarme su versión, a sonsacarme para reconstruir lo que ella cree que es nuestra historia.

Estás mal. No puedes engañarme. Y cada día hago equilibrios tratando de encontrarme a solas contigo. Los demás colaboran y se retiran prudentemente, pero tú me rehúyes. Te niegas a hablar, a decirme qué te ocurre.

En el fondo, me temo, no me has perdonado aquello. Fuiste tú quien hablaste de pareja abierta, de buscar alivios para mitigar la distancia. Y los buscamos ambos. Sólo que tú no quisiste aceptar mi parte del pacto. No te culpo. Es difícil aprender a domar los celos. O quizás sí te culpe. Tú lo propusiste, me subestimaste, creíste jugar con una baraja trucada y resultó que los ases cayeron de mi lado.

Por eso no me sorprendió cuando esa noche Marta anunció que no saldrías. Una más de tus excentricidades, un altibajo más en ese verano sin mesetas.

Bueno, no me iba a amargar la noche a estas alturas. Silvia y yo decidimos pasarlo bien y bebimos, reímos y bailamos como nunca. O como siempre. Y allí, en mitad de la noche, apareciste, guapísimo, en el bar. Directito a la barra, sin saludar, con una mirada de soslayo por toda palabra.

Y no sabes lo que me duele que hagas eso. Es injusto. Yo sólo seguí las reglas del juego que tú inventaste. Y ahí estabas, ignorándome sin yo saber muy bien por qué. Y, cuanto más lo pensaba, más furiosa me sentía, con más desenfreno bailaba. No sé en qué punto el baile dejó de ser un desahogo para convertirse en un arma, mi arma de seducción. No fui consciente del paso, pero pronto me descubrí a mí misma reproduciendo movimientos claramente sexuales mientras tú ibas y venías sin dignarte a mirarme.

Me acerqué a la barra, justo donde tú estabas. Lo de la copa era un excusa. Sólo quería aproximarme, hablarte. Ya a tu lado te miré con una sonrisa pacificadora. Y entonces ocurrió. No debería sorprenderme. Nuestra tensión sexual es suficiente por sí misma para que encima andemos azuzándonosla.

Yo no quería que aquello pasara. No sin antes solucionar aquella ridícula historia que protagonizábamos. Pero siempre me costó resistirme a tus encantos. Lo sabes y lo explotas bien. Y allí, apalancados en la barra, peleábamos con nuestro deseo entre besos salvajes y caricias obscenas.

Salimos del bar, abrazados, besándonos. Y quise parar aquella locura: "No. Para. No estamos bien. Mejor hablamos mañana, sobrios. Me voy para casa. Prefiero aclararlo todo antes que seguir con esta historia dañina".

Y me acompañaste a casa. Un camino largamente sexual, lleno de paradas lascivas, de besos apasionados y de lucha contra mi deseo. Porque yo te deseaba profundamente, pero aquello no estaba bien. Nos hacemos demasiado daño.

Justo frente a mi casa atacaste. Me mordiste la oreja, me lamiste el cuello sabiendo que eso me haría perderme. Y así fue. Una vez fuera de mí, no hubo razonamiento que lograra frenarme. En realidad, no hubo razonamientos. Cuando el instinto toma el control a la mente le queda poco que hacer.

El primer sitio que vi fue la obra de enfrente. Nada agradable, pero al menos era discreto. Entre los escombros -burda metáfora de nuestra relación- nos dejamos llevar. Te lanzaste a mis pechos sabiendo que eso no podría resistirlo, que aquello mataría cualquier rescoldo de resistencia que pudiera quedar. El placer, casi indescriptible, me hacía resoplar mientras te acariciaba el sexo.

Dios, cómo deseaba sentirte dentro. Notaba las convulsiones de mi entrepierna a la espera de tu miembro. Pero allí era imposible sentarse, menos aún tumbarse. Descendí a lo largo de tu vientre y te hice una felación. Siempre se me dio bien. Te fuiste en seguida.

Y entonces me masturbaste. Eres generoso en la cama, nunca lo negué. Me quejé, eso sí, de que te empeñaras en tratarme como a una princesa. Nunca me cayeron bien las princesas. Demasiado remilgo para mi estómago. Aunque eso era antes. Antes de este verano, de que estuvieras tan raro. Ahora en nuestro sexo no había cumplidos, ni remilgos principescos. Sólo deseo.

Ninguno de los dos queríamos acabar así, tan pronto. Te cogí el sexo y lo introduje entre mis piernas. No hubo penetración. No pudimos. El entorno era hostil y yo pesaba demasiado para que me tomaras en brazos. Pero apreté tu miembro entre mis piernas, lo rodee con los labios de mi sexo y te masturbé salvajemente, con desenfreno, aprovechando el roce para masturbarme a la vez.

Y entonces ocurrió. O comenzó a ocurrir. Te fuiste una, dos, tres, no sé ya cuántas veces. Sentía resbalar tu semen caliente por mis piernas una y otra vez. Perdí la cuenta. Jamás pensé que aquello fuera posible. No en un tío.

No tengo ni idea de cuánto duró aquello. Ninguno paró hasta que nos fallaron las fuerzas. Ninguno quería claudicar, ser el primero en rendirse. Y no sé quién paró. Ni me importa. Sólo sé que aquello fue estupendo e inolvidable. Sólo sé que tenemos que hablar. Sólo sé que hoy volveré a perseguirte, volveré a soportar tus desplantes, volveré a fracasar en mi intento de comunicación y, quizás, casi seguro, volveré a vivir otra noche de desenfreno por más que me empeñe en evitarla.

7 de febrero de 2006

Reencuentros

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dos? ¿Tres años? Más seguro que no, porque en realidad no hace tanto de lo nuestro, a pesar de que ahora no sea más que un recuerdo enterrado por otros cientos de recuerdos.


Tú y yo coleccionamos turbulencias a lo largo de casi cinco años. Porque no, eso no era una relación. Demasiados escollos, demasiadas aristas entre tu mundo y el mío. Y demasiada personalidad la nuestra para pulirnos cantos en los que encajar al otro.


Cinco años nadando en aquellas aguas son demasiados. No es posible la victoria frente a las turbulencias. Para ser justos, yo nunca perseguí la victoria porque no creí en ella. Demasiado bien sabía que, tarde o temprano, debería claudicar, aferrarme a la orilla y salirme del torrente. Eso, o perecer ahogada.


Y, entonces, aquel día, toqué fondo. Curiosamente, aún no sé por qué ése y no otro día. Supongo que es siempre éste el modo de tocar fondo: un día, así, sin más. Y yo allí decidí que ya estaba bien. Me había agotado de tanto buscarnos sin encontrarnos y encontrarnos sin buscarnos. De la culpa, de la vergüenza, de la clandestinidad. Cerré tu puerta y me marché, sin volver esta vez la mirada a tu ventana. Porque sabía, sin pretenderlo, que ése había sido el último de nuestros encuentros.


¿Cuánto tiempo pasó? ¿Dos? ¿Tres años? El tiempo no es más que un vulgar ilusionista, un tahur que juega a estirarse cuando lo queremos pequeño y a escapar cuando tratamos de asirlo. Estaba en la oficina cuando me llamaste. A pesar del tiempo, reconocí el número. Contesté azorada como aquella pre-adolescente que era yo cuando nos conocimos. "¿Estás en la oficina? Es que voy para allá." Asentí sin más, como si hubieras estado viniendo a buscarme cada tarde.


No habían pasado ni dos minutos cuando me hiciste la llamada perdida para que bajara. Me sonreí. Una vez más, te había delatado tu falta de paciencia. Siempre fuiste un gran estratega sin paciencia para vencer en el combate. Estoy segura de que pasaste días planeándolo, trazando el plan, inventando la excusa que hiciera parecer casual tu aparición por mi oficina. "Tenía que hacer un recado y me he dado cuenta de que pasaría cerca de aquí", dijiste.


Y bajé. No, no voy a negar que iba nerviosa. En realidad, apenas te vi. Me encontré de repente fundida en un abrazo. No uno de los tuyos, sino uno nuevo que traías disfrazado de amistoso y que, sin embargo, se delataba sólo: "no te va a dejar escapar, no va a perderte otra vez", me decía, el muy chivato.


Me desasí con una sonrisa. Y entonces te miré y lo supe con certeza. Vi horrorizada la huella del tiempo en tu cara demacrada, en tu pelo ahora blanco, en tus ojeras. Tres años que parecían tres lustros en tu rostro. Sí, lo supe: eras infeliz.

31 de enero de 2006

Te escucho

Te escucho contarme, entre lágrimas, tu más reciente estupidez. Y me muerdo la lengua. Porque sé que lo último que quieres oir ahora mismo es ese "ya te lo advertí" que tan mal nos cae. Pero es que, amiga mía, se veía venir. Lo habíamos hablado. Viniste la vez anterior a desahogarte, exactamente igual que ahora, a confesarte por unos actos que te queman y te devoran en la misma media que deseas y anhelas.
Volviste a hacerlo. Y te comprendo. Sí, siempre. Entiendo perfectamente esa búsqueda continua del peligro, ese vértigo ante lo prohibido. Porque me reconozco en ella y porque sé que, en otro momento y en otro lugar, yo acabaré equivocándome también. Me empeñaré en toparme una y otra vez con el mismo muro e insistiré en provocar esas situaciones que me lleven irremediablemente a la caída.
Y mientras tanto, tú, hoy, sufres. Hablaremos largo y tendido. Trataré de escucharte, de consolarte, aunque sé que es inútil. De aquí partirás en el metro y volverás a llorar desconsolada, oculta burdamente bajo esas gafas de sol que más que esconder anuncian tu tristeza. Y desearás, seguro, que alguien se te acerque, que cualquiera de esos desconocidos de tu vagón de metro se apiade de ti y te acaricie la mejilla. Sí, una leve caricia de un desconocido piadoso que se lleve parte de tu congoja.