Y es que no leo nunca las críticas ni las sinopsis de las películas antes de verlas (qué haría yo sin esos insulsos y discutibles rankings de estrellitas de los periódicos), ni consulto guías sobre el artista antes de ver una exposición, ni me leo las solapas de los libros que voy a comenzar. No. Yo prefiero llegar sin prejuicio alguno, sin idea preconcebida, acompañada sólo por mi curiosidad. La experiencia primero, la información después. Porque después leo e indago lo que haga falta, reafirmo -o no- mi experiencia previa y, si es necesario, vuelvo a visionar la película o a visitar la exposición para confirmar o revocar mi opinión frente a la crítica.
En fin, que ya les contaré qué tal fue todo a la vuelta. Mientras tanto, y para despedirme, les dejo otro fragmentito del estupendo barón rampante de Calvino. Que ustedes lo pasen bien ;-)
La cárcel era un torrecilla a orillas del mar. Un grupo de pinastros crecía allí cerca. Desde la cima de uno de esos pinastros Cosimo llegaba casi a la altura de la celda de Gian dei Brughi y veía su rostro tras las rejas.
Al bandido no le importaban nada los interrogatorios ni los procesos; salieran como salieran, lo iban a ahorcar; su preocupación eran aquellos días vacíos en la prisión, sin poder leer, y aquella novela dejada a medias. Cosimo consiguió agenciarse otro ejemplar de Clarisa y se lo llevó al pino.
-¿Adónde habías llegado?
-Cuando Clarisa escapa de la casa de mala vida...
Cósimo hojeó un poco, y después:
-Ah, sí, aquí está. Así, pues... -y empezó a leer en voz alta, vuelto hacia la reja, a la que se veían agarradas las manos de Gian dei Brughi.
La instrucción de la causa llevó su tiempo; el bandido resistía la tortura; para hacerle confesar cada uno de sus innumerables delitos se requerían jornadas y jornadas. Y cada día, antes y después de los interrotagorios, escuchaba a Cosimo, que le leía. Cuando acabó Clarisa, viéndolo algo contristado, Cosimo llegó a la conclusión de que Richardson, así encerrado, era un poco deprimente, y prefirió empezar a leerle una novela de Fielding, que con sus movidas peripecias lo compensaría un poco por la pérdida de libertad. Eran los días del proceso, y Gian dei Brughi sólo tenía en la cabeza los azares de Jonathan Wild.
Antes de que se acabara la novela llegó el día de la ejecución. En la carreta, en compañía de un fraile, Gian dei Brughi hizo su último viaje de vivo. En Ombrosa se ahorcaba en una alta encina en el centro de la plaza. Todo el pueblo formaba un círculo alrededor.
Cuando tuvo la soga al cuello, Gian dei Brughi oyó un silbido entre las ramas. Alzó el rostro. Era Cosimo, con el libro cerrado.
-Dime cómo termina -dijo el condenado.
-Siento decírtelo, Gian -respondió Cosimo-, Jonathan termina colgado por el cuello.
-Gracias. ¡Así sea conmigo! ¡Adiós! -y él mismo dio un puntapié a la escalera, quedando estrangulado.
La muchedumbre, cuando el cuerpo cesó de debatirse, se marchó. Cosimo se quedó hasta la noche, a horcajadas de la rama de la cual colgaba el ahorcado. Cada vez que un cuervo se acercaba para morder los ojos o la nariz del cadáver, Cosimo lo echaba agitando el gorro.
