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19 de julio de 2006

Que me voy de vacas :-)

La cuenta atrás se termina y en menos de cuarenta horas partiré rumbo a Italia a disfrutar de mis quince diítas de vacaciones. En principio, tenemos pensado recorrer la Toscana y el Veneto. Digo en principio porque todo lo que hemos alcanzado a planificar hasta ahora ha sido pedir prestada una tienda de campaña, llenar el depósito del coche de gasolina y comprar una nevera para las bebidas. Algún guasón de estos que pululan por el mundo lleva una semana haciendo befa a propósito de nuestra exhaustiva planificación, pero qué quieren, es que una es así y le gusta descubrir la vida así, a lo virgen. De hecho, he comenzado a poner caras raras cuando me han aparecido esta tarde con tres guías de viaje prestadas por la biblioteca del barrio.

Y es que no leo nunca las críticas ni las sinopsis de las películas antes de verlas (qué haría yo sin esos insulsos y discutibles rankings de estrellitas de los periódicos), ni consulto guías sobre el artista antes de ver una exposición, ni me leo las solapas de los libros que voy a comenzar. No. Yo prefiero llegar sin prejuicio alguno, sin idea preconcebida, acompañada sólo por mi curiosidad. La experiencia primero, la información después. Porque después leo e indago lo que haga falta, reafirmo -o no- mi experiencia previa y, si es necesario, vuelvo a visionar la película o a visitar la exposición para confirmar o revocar mi opinión frente a la crítica.

Por supuesto, odio las oficinas de turismo, esos dispensadores de planes donde todo turista puede obtener su correspondiente checklist de lugares imprescindibles. Prohibido volverse sin visitar todos y cada uno de los item de la lista. Faltaría más. Generalmente me cuesta una pequeña pelea eludir la inevitable visita a la oficina de turismo de turno. Qué le vamos a hacer. Prefiero sorprenderme al volver la esquina que ir siguiendo las rayitas rojas, verdes o amarillas que marca el mapa de turno. Esta vez, de momento, me voy saliendo con la mía y la improvisación está siendo la pauta.

En fin, que ya les contaré qué tal fue todo a la vuelta. Mientras tanto, y para despedirme, les dejo otro fragmentito del estupendo barón rampante de Calvino. Que ustedes lo pasen bien ;-)
La cárcel era un torrecilla a orillas del mar. Un grupo de pinastros crecía allí cerca. Desde la cima de uno de esos pinastros Cosimo llegaba casi a la altura de la celda de Gian dei Brughi y veía su rostro tras las rejas.
Al bandido no le importaban nada los interrogatorios ni los procesos; salieran como salieran, lo iban a ahorcar; su preocupación eran aquellos días vacíos en la prisión, sin poder leer, y aquella novela dejada a medias. Cosimo consiguió agenciarse otro ejemplar de Clarisa y se lo llevó al pino.
-¿Adónde habías llegado?
-Cuando Clarisa escapa de la casa de mala vida...
Cósimo hojeó un poco, y después:
-Ah, sí, aquí está. Así, pues... -y empezó a leer en voz alta, vuelto hacia la reja, a la que se veían agarradas las manos de Gian dei Brughi.
La instrucción de la causa llevó su tiempo; el bandido resistía la tortura; para hacerle confesar cada uno de sus innumerables delitos se requerían jornadas y jornadas. Y cada día, antes y después de los interrotagorios, escuchaba a Cosimo, que le leía. Cuando acabó Clarisa, viéndolo algo contristado, Cosimo llegó a la conclusión de que Richardson, así encerrado, era un poco deprimente, y prefirió empezar a leerle una novela de Fielding, que con sus movidas peripecias lo compensaría un poco por la pérdida de libertad. Eran los días del proceso, y Gian dei Brughi sólo tenía en la cabeza los azares de Jonathan Wild.
Antes de que se acabara la novela llegó el día de la ejecución. En la carreta, en compañía de un fraile, Gian dei Brughi hizo su último viaje de vivo. En Ombrosa se ahorcaba en una alta encina en el centro de la plaza. Todo el pueblo formaba un círculo alrededor.
Cuando tuvo la soga al cuello, Gian dei Brughi oyó un silbido entre las ramas. Alzó el rostro. Era Cosimo, con el libro cerrado.
-Dime cómo termina -dijo el condenado.
-Siento decírtelo, Gian -respondió Cosimo-, Jonathan termina colgado por el cuello.
-Gracias. ¡Así sea conmigo! ¡Adiós! -y él mismo dio un puntapié a la escalera, quedando estrangulado.
La muchedumbre, cuando el cuerpo cesó de debatirse, se marchó. Cosimo se quedó hasta la noche, a horcajadas de la rama de la cual colgaba el ahorcado. Cada vez que un cuervo se acercaba para morder los ojos o la nariz del cadáver, Cosimo lo echaba agitando el gorro.

El barón rampante, Italo Calvino, 1957.
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19 de abril de 2006

Cosimo, el rampante

Los olivos, con su forma retorcida, son para Cosimo caminos cómodos y llanos, plantas pacientes y amigas, con su áspera corteza, para pasar por ellas y para pararse, aunque las ramas gruessas sean pocas en cada planta y no haya gran variedad de movimientos. En una higuera, en cambio, teniendo cuidado de que soporte el peso, nunca se acaba de dar vueltas; Cosimo está bajo el pabellón de las hojas, ve transparentarse el sol entre las nervaduras, los frutos verdes hincharse poco a poco, huele el látex que rezuma por el cuello de los pedúnculos. La higuera se adueña de ti, te impregna con su humor gomoso, con los zumbidos de los abejorros; al rato, a Cosimo le parecía estarse convirtiendo en higo él mismo, e, incómodo, se marchaba. En el duro serbal o en la morera, se está bien; lástima que no abunden. Y también en los nogales, que hasta a mí mismo, y es mucho decir, al ver a veces a mi hermano perderse en un viejo nogal inmenso, como en un palacio de muchos pisos e innumerables estancias, me entraban ganas de imitarlo, de ir a vivir allá arriba; tan grande es la fuerza y la certeza que ese árbol pone en ser árbol, la obstinación en ser pesado y duro, que se expresa incluso en sus hojas.


Cosimo estaba de bueno grado entre las onduladas hojas de los acebos (o agrifolios, como los llamábamos cuando eran los del parque de casa, quizá por sugestión del rebuscado lenguaje de nuestro padre), y amaba su agrietada corteza, en la que cuando estaba distraído levantaba cuadraditos con los dedos, no por instinto de hacer daño, sino como para ayudar al árbol en su largo trabajo de hacerse. O también desescamaba la blanca corteza de los plátanos, descubriendo capas de viejo oro mohoso. También le gustaban los troncos almohadillados como el olmo, que en los nudos echa brotes tiernos y penachos de hojas dentadas y de sámaras de papel; pero es difícil moverse por él, porque las ramas crecen hacia arriba, tupidas y débiles, dejando poco espacio. En los bosques, prefería hayas y encinas, porque en el pino las horcaduras muy próximas, nada fuertes y todas llenas de agujas, no dejan sitio ni sostén, y el castaño, entre hojas espinosas, erizos, corteza, ramas altas, parece hecho aposta para mantenerlo a uno lejos.

El barón rampante, Italo Calvino,1957.
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