22 de febrero de 2011

Lecturas recomendadas: La edad de la ira

Aunque en su día decidí que no iba a hacer de la docencia mi profesión porque simplemente no me veía capaz, haber entrenado baloncesto a lo largo de unas diez temporadas me ha permitido trabajar mucho con adolescentes. Y no voy a decir que les conozco porque eso sería tan insensato como el que dice que conoce a las mujeres, a los funcionarios o a los chinos. Pero sí creo que me manejo bien con ellos. Mis jugadores me respetan y me aprecian a pesar de que la temporada suela discurrir siempre en un tira y afloja entre la disciplina que yo trato de imponer y la indisciplina consustancial a su edad. 

Trabajar con adolescentes es fascinante por lo mucho que uno aprende a diario. Porque en esa edad todo es excesivo, para bien o para mal. Los adolescentes de hoy tienen problemas para digerir la frustración (este es probablemente el problema más grave que suelo encontrarme), difícilmente suelen asumir la responsabilidad de sus actos (en esto, el deporte de equipo puede ser muy instructivo) y no están en general acostumbrados a la disciplina. De estas tres cosas, frente a lo que pueda parecer, la más fácil de solventar es la tercera porque cuando las normas son claras y justas, cuando los límites están marcados desde lo razonable y con la vista puesta en el bien común, los adolescentes lo asumen sin problemas.

Pero también son excesivos viviendo, celebrando, disfrutando del momento. Tengo a muchos de mis exjugadores como contactos de Tuenti y me fascina ver cuánta vida, cuánta amistad inquebrantable, cuantas emociones desmedidas hay en la fotos que cuelgan. Como adultos sabemos que la mayor parte de esas amistades se diluirán en unos años pero qué gusto da ver esa fe infinita en los amigos.

Tanto si han tratado con adolescentes como si no, deberían leer La edad de la ira, novela de Fernando J. López publicada recientemente por Espasa. Los argumentos son múltiples: porque es entretenidísima, porque tiene una estructura literaria más que interesante, porque disecciona al detalle los problemas de nuestro actual sistema educativo, porque además lo hace sin pontificar sino recogiendo opiniones de todo tipo en las voces de sus protagonistas, porque el hálito de realidad que consigue el autor es inmenso y porque trata de forma inteligentísima temas -responsabilidad personal, racismo, homofobia, conciliación familiar- que necesitaban ser contados. Pero, para mí, sobre todo deben leerla porque tiende un puente indispensable entre nosotros y los adolescentes, porque es precisamente cuando los adolescentes toman la voz en esta novela cuando llega a emocionarnos de verdad, porque es justamente ahí, al final de la novela, cuando querríamos que la historia continuara, que todo hubiera sido distinto y que, como dice Family en aquella hermosa canción, pudiéramos cambiarle el final a ese bello verano.

Por si no les ha picado suficientemente aún la curiosidad, les dejo un par de enlaces a entrevistas con el autor en Un idioma sin fronteras (RNE) y Hágase la luz (Radio Euskadi, a partir del minuto 20). También pueden seguir al autor en su blog Eso de la ESO. Sean curiosos y felices ;-)