9 de abril de 2007

El espejo y la máscara


La Fundación Thyssen, en colaboración con la Fundación Caja Madrid, lleva unos años malcriándonos a los amantes de la pintura a base de ofrecernos estupendas exposiciones. Tras las muestras sobre Der Blaue Reiter y las vanguardias rusas, esta primavera nos ofrecen El espejo y la máscara, centrada en el retrato contemporáneo.

Una excelente ocasión para todo aquel que quiera intentar comprender ese rumbo desconcertante y extraño para muchos que tomó la pintura a partir de finales del siglo XIX. La pintura, como el resto de las artes y la música, deja de ser "fácil" y previsible, comienza a huir de lo reconocible en una búsqueda de caminos propios que hoy en día no ha terminado. En palabras de Ortega en su Deshumanización del arte:
Cuando a uno no le gusta una obra de arte, pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no ha lugar a la irritación. Mas cuando el disgusto que la obra causa nace de que no se la ha entendido, queda el hombre como humillado, con una oscura conciencia de su inferioridad que necesita compensar medianta la indignada afrimación de sí mismo frente a la obra.
[...]
El retratado y su retrato son dos objetos completamente distintos: o nos interesamos por el uno o por el otro. En el primer caso, "convivimos" con Carlos V; en el segundo, "contemplamos" un objeto artístico como tal.
Pues bien: la mayoría de la gente es incapaz de acomodar su atención al vidrio y transparencia que es la obra de arte; en vez de esto, pasa al través de ella sin fijarse y va a revolcarse apasionadamente en la realidad humana que en la obra está aludida.
En el caso de la pintura, en esta renuncia a la búsqueda de la realidad de la que habla Ortega tuvo mucho que ver la aparición de la fotografía. En este magnífico post, aberron reflexiona sobre el uso de fotografías como base para la creación de muchas de las obras emblemáticas de los pintores impresionistas. Sin embargo, como bien indica aberron, la fotografía supone además un cambio en el concepto mismo de la pintura, en la forma de encuadrar, de plasmar la luz, de buscar el movimiento. La fotografía surge, insultante, como la manera más fiel de plasmar la realidad dejando a la pintura sin una de sus principales razones de ser.

Ya no era necesario esperar meses a que un artista lograra una reproducción de aquello que algún cliente ansiaba ver perpetuado. En un tiempo muy inferior, era posible obtener una fotografía que, además, reproducía la realidad con mucha mayor fidelidad.

En seguida se vio que la búsqueda del realismo, ese afán por lograr una ejecución pictórica impecable que lograra la mayor aproximación posible a la realidad, dejaba de tener sentido y que, por tanto, la pintura debía comenzar un viaje en busca de nuevas vías expresivas. El impresionismo sería la primera de las paradas, pero seguirían muchísimas otras: el osado uso del color de los fauvistas, la experimentación con las formas de los cubistas, la apertura al subconciente y los sentimientos de surrealistas y expresionistas, la búsqueda de la forma primigenea o la obsesión por el ritmo en la composición de constructivistas y primeros abstractos. Los movimientos y tendencias se sucederán a lo largo de todo el siglo XX dentro de lo que ha sido la mayor y más radical evolución del arte de toda la historia.

En este contexto, el retrato es, quizá, un género privilegiado para seguir la pista de esta alocada carrera de la pintura. Despojado de su función tradicional, el retrato pictórico parecía abocado a desaparecer bajo la presión de la fotografía. Los artistas, sin embargo, encuentran nuevas motivaciones y hacen de este género un campo libre para la experimentación de sus nacientes ideas estéticas. Vincent van Gogh se expresaba así al respecto en 1890 (cita extraída de la guía didáctica editada por la Fundación Thyssen):
Me gustaría hacer retratos que un siglo después puedan ser considerados por la gente del momento como apariciones. Por eso no pretendo hacerlo a través de un parecido fotográfico, sino a través de nuestras expresiones más apasionadas, utilizando como medio de expresión y de exaltación del carácter nuestra ciencia y el gusto moderno por el color.
Y este es, precisamente, el punto de partida de la exposición que esta primavera nos ofrecen el Museo Thyssen y la Fundación CajaMadrid, con una estupenda selección de obras que incluye dos magníficos van Gogh y numerosos Picasso. Desde aquellos primeros experimentos postimpresionistas hasta los retratos seriados de Warhol, la muestra nos lleva de la mano a través de los diferentes movimientos.

Una exposición, un año más, de obligada visita. Y es que el Thyssen es, sin duda, lo mejor que le ha pasado a esta ciudad desde los tiempos de la movida.

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