20 de septiembre de 2006

Ba-lon-ces-to (I)

“Os voy a decir una palabra. Y escuchadla bien, porque va a ser una palabra muy importante: ba-lon-ces-to.”
Así se dirigía nuestro Seleccionador nacional de baloncesto a todos los que se habían reunido en la Plaza de Castilla para celebrar el Campeonato del Mundo obtenido por la selección masculina. Las palabras eran una declaración de intenciones, una reivindicación de toda una filosofía del deporte.

Viendo la euforia desatada –euforia de la que por supuesto yo también era partícipe-, no pude menos que acordarme de todas las dificultades y obstáculos con las que nos encontramos en el día a día los que amamos el deporte, en especial los que, como Pepu, entendemos el deporte como algo que va mucho más allá de unos meros resultados en un campeonato. Es el deporte -sea éste baloncesto, balonmano o hockey sobre patines- entendido como parte de la educación y la socialización de las personas, como escuela de compañerismo, entrega, afán de superación, generosidad, autodisciplina y tantos y tantos términos que me vienen ahora a la cabeza.

Porque el triunfo de nuestra Selección es el triunfo de ese baloncesto que prefiere aparcar los resultados inmediatos si para ello tiene que sacrificar la formación. El caso de Pau Gasol es paradigmático. Todos disfrutamos viéndole jugar, admiramos su calidad y su capacidad de liderazgo. Se habla mucho de los “juniors de oro”, pero durante aquel Mundial del año 2000, Gasol apenas gozó de minutos en la Selección. Los titulares indiscutibles eran Antonio Bueno y Germán Gabriel y el primer suplente Felipe Reyes.

Hoy en día, muchos de los que han disfrutado con esta Selección no saben quién es Antonio Bueno cuando en el año 2000 era la gran promesa. ¿Qué pasó? Simplemente uno y otro, Bueno y Gasol, se toparon con dos filosofías completamente distintas. Mientras Antonio Bueno se hinchaba a chupar banquillo en un Real Madrid absolutamente despreocupado por la formación, Pau Gasol y Navarro, bajo el cobijo del magnífico Aíto García-Reneses, disfrutaban cada vez de más minutos en el Barça. El Gasol de aquella época no era ni mucho menos el de ahora: se trataba de un jugador muy espigado de ademanes algo torpes y bastante blandito. En otro equipo quizás hubiera quedado relegado pero Aíto comprendió que era un brillante en bruto, que tenía que crecer como jugador y que para ello era imprescindible que fuera jugando minutos importantes y adquiriendo responsabilidades cada vez mayores.

Ahora, una vez conseguido el triunfo, todos corren a hacerse la foto con la medalla, lo cual no deja de hacerme gracia. Tanta como cuando, en plena Olimpiada, se escucha a algún periodista hablar de fracaso porque “sólo” llevamos ocho medallas. En esos momentos me pregunto en qué país viven esos periodistas. En el mío no, desde luego, porque aquí, fútbol aparte, el panorama deportivo es desolador.

Pongamos, por ejemplo, el caso de la natación. En países como Australia todos los niños acuden a nadar antes de ir a clase, ya que se considera un elemento fundamental de la educación. No tienen que buscarse la vida para obtener una plaza en algún polideportivo. Ahora intenten ustedes apuntar a su hijo a clases de natación en uno de los hipersaturados polideportivos de cualquier barrio de Madrid. Si no están dispuestos a levantarse a las cuatro de la mañana para ir a hacer cola ya se pueden ir olvidando. Después llegan los Mundiales de natación y, oh, sorpresa, nos vamos casi de vacío.

Por eso, cada vez que llega algún éxito deportivo no puedo menos que sorprenderme y pensar el mérito que han tenido en llegar adonde han llegado, en afrontar todas las zancadillas con las que se encuentra cualquiera que quiera practicar deporte en este país. Este año ha sido un año glorioso para nuestro baloncesto: oro en los Mundiales en categoría cadete masculino y femenino, oro en el Europeo junior femenino y bronce en el masculino, y campeones del mundo con la Selección absoluta masculina. Ayer, nuestras chicas de la absoluta estuvieron a punto de hacer la machada y meterse en las semifinales ganando a la poderosísima Rusia. Y, sin embargo, el baloncesto –y el deporte- de base, el que permite que miles de niños puedan practicar el deporte que más les apetezca sigue en situación de abandono. Mañana se lo cuento con más detalle. Mientras tanto, ya saben, recuerden: ba-lon-ces-to.

Leer la segunda parte.

2 comentarios:

Cinephilus dijo...

es triste, pero el deporte de base o, lo que podríamos llamar, la vida de base es algo que depende de los cuatro locos vocacionales que, como tú o yo, creemos en lo que hacemos, aunque sea a pequeñita escala
tu excelente post sirve para tantas otras disciplinas... no solo el deporte, sino también la música, la literatura, el arte o la investigación científica..
en mi caso, este año me estoy sorprendiendo con la curiosidad intelectual de mis alumnos de 1º de la ESO; están llenos de ganas de encontrar gente que les motive, que les anime a ver algo más, que les indique cosas con las que llenar su tiempo
el deporte de base -o la vida de base- tienen un buen lugar donde arraigar, solo se necesita poner ganas, tiempo y esfuerzo para que así sea

inquilino dijo...

Sí, cualquier acción que no se encamine al éxito con mayúsculas (se entienda este como un Campeonato del mundo, ganar el Nóbel de literatura o conseguir un Óscar) suele despreciarse cuando en realidad el auténtico éxito es lograr interesar y transmitir el amor por la disciplina que sea. Por ejemplo, la labor de un taller literario en una residencia de ancianos o de un grupo de animación a la lectura en los colegios jamás será reconocido por las "Grandes instancias de la Literatura" cuando en el fondo su labor es la más importante.
Pongo el deporte como ejemplo porque es paradigmático. Nos preocupamos de los grandes premios y hablamos de éxitos del deporte español cuando algún genio logra, tras vencer cientros de obstáculos que nada tienen que ver con el deporte, logra algún título. Ignoramos en cambio la situación en la calle, las dificultades que tienen muchos para poder realizarse practicando el deporte que más les gusta.
Se puede extender a lo que se quiera: no hay salas de ensayo para músicos, ni espacios escénicos para grupos de teatro, ni tantas y tantas otras cosas.