23 de enero de 2006

El alma en el cerebro

Eduard Punset: Carl, hay una idea que se acerca mucho a este tema del alma, y en la que la gente piensa constantemente: la idea de uno mismo, del yo. A veces, cuando hablas con la gente, lo que les preocupa de la muerte, del carácter inevitable de la muerte, no es tanto que sus átomos se desvanezcan, sino que la idea del yo vaya a desaparecer, si esta idea del yo también es cerebral, también es carne. ¿Lo es? ¿Cómo es eso?

Carl Zimmer: Sí, es una idea muy inquietante, y creo que es uno de los motivos por los que enfermedades como el Alzheimer resultan tan devastadoras. Porque mirando a alguien que padece la enfermedad de Alzheimer u otro tipo de daño cerebral, realmente puede verse como el yo de otra persona desaparece, se destruye paulatinamente a medida que el cerebro se va destruyendo. Esto puede observarse. Y en ese caso… no puedes forjarte la ilusión de una muerta súbita, en la que parece que, bueno, el yo se vaya a otro lugar, ¿sabes? Como a través de una puerta... cuando alguien tiene Alzheimer lo que ves es que…

Eduard Punset: Su yo…

Carl Zimmer: … se desintegra.
Fragmento del capítulo "El alma en el cerebro" de Redes.

La entrevista íntegra, en El poeta multimedia. Gracias por la transcripción, jrn Calo ;-)

4 comentarios:

Neverland dijo...

Una querida amiga mía vive el alzheimer de su padre desde hace ya casi diez años. Sólo he visto el dolor de esa desintegración del yo de lejos, a través de ella, pero me resulta casi inconcebible...
Un joven autor, Andrés Barba, hizo un hermoso -algo falllido a veces, pero sentido- relato de esa desintegración del yo -terrible pero acertada definición- en su recomendable novela "Ahora tocad música de baile" (Anagrama). Por si a alguien le pudiera interesar...
Estupenda, desde luego, la entrevista, devastador su contenido.

inquilino dijo...

Me cuesta encontrar algo que me cause más pavor que la desintegración de mi propio yo. Resulta algo terrible, precisamente porque, ante la muerte, uno siempre tiende a engañarse con la ilusión de la perpetuación del yo, del viaje a otro lugar, e incluso con una existencia etérea que le permita seguir a los que se han quedado, aunque estos no sean consciente de nuestra presencia.
Pero si mi conciencia ya no está, si yo ya no soy yo, ¿qué me queda? ¿A qué me aferro?
Una idea terrorífica, sin duda. Y devastadora para uno mismo y para los que le rodean. Mi querido Vicente Tusón no pudo soportarlo. Estaba en una fase inicial de la enfermedad y no quiso ser testigo de su propia desintegración. Quiso elegir el cómo y cuándo, dejó atados sus cabos y se marchó antes de que ese nuevo ser en el que se estaba transformando tomara el control.

Neverland dijo...

Esa anulación del yo es, precisamente, el gran agujero negro del que no consigo salir desde hace dos años. Vivir, por dos veces, la experiencia de la muerte me ha obligado a pensar demasiado en ello y, aunque encuentre consuelo para los que no estamos, no encuentro ninguno para quienes no están. Mi dolor -y eso no suele entenderlo casi nadie, hasta el punto de que ya he dejado de explicarlo- no es sólo lo que ansío poder verlas, abrazarlas, sentirlas, sino lo que me duele saber que no están, que no se saben, que se sienten, que no tienen conciencia del ser porque es ese ser les ha sido arrebatado. No encuentro consuelo para una madre que no ve crecer a sus hijos, para una joven que no ve triunfar sus ilusiones, para unas vidas que no existen, que no son, que deberían ser y que sólo viven en los demás, pero no en ellas mismas.
No suelen comprenderme cuando lo digo, por eso insisten en que este año será mejor, en que después de tantos meses ya debería sentirme más calmado, en que no tiene sentido mi ansiedad...
Me guardo la entrevista, aunque se me quiebra la voz -y el alma- pensando en ello...
Besos (todos), mi inquilino

inquilino dijo...

El gran problema de la gente es que no se da cuenta de que nuestras reacciones ante la vida, la forma en que encajamos -o no- los reveses, es fruto de todo un entramado de ideas y sentimientos que pueblan nuestro ser. Y, como tal, no son extrapolables.
Es desgraciadamente frecuente oir juicios de valor sobre la conducta de tal o cual persona ante ciertas situaciones. "No sé cómo sale a la calle tan campante." "Yo ya lo habría superado." Y así tantas y tantas otras que se oyen día tras día.
Nuestro concepto de la vida, del universo, de la individualidad, es fruto de un sinfin de factores que van desde lo cultural a lo puramente individual. Y eso no puede cambiarse desde el exterior. Se va moldeando desde el mismo momento en que nacemos y perfilándose con cada experiencia, cada vivencia.
En mi caso, por ejemplo, mi acusada tendencia al solipsismo me hace creer firmemente en la perpetuación del yo. Por más que mi mente me razone que esa es una creencia sustentada sobre nada, sin base científica o empírica alguna, mi alma se niega a aceptar la realidad. Simplemente, se rebela contra su aniquilación y no permite el menor asomo de duda sobre su pervivencia más allá de esta realidad. Si las pruebas indican lo contrario, son las pruebas las que se equivocan, no mi consciencia.
Es por ello que no sufro mis pérdidas como una anulación, sino como un tránsito. Se acercan, en cierto modo, a ese cielo que tan bien refleja Kenzanburo Oé en su hermoso relato "Agüí, el monstruo del cielo". Por eso, mi dolor es un dolor egoísta, por no tener esas presencias junto a mí. Y por eso también pasa, porque el dolor egoísta pronto es reemplazado por otros intereses igualmente egoístas.
Pero este concepto, esta filosofía vital tan íntimamente nuestra, no puede transmitirse ni regalarse. Quizás algún día alguna circunstancia irrumpa en mi viva para poner patas arriba todo mi universo. No lo sé. Lo que sí sé es que al igual de que nadie me puede convencer de que desapareceré para siempre, no se puede convencer a nadie de lo contrario. Y, por tanto, no se puede empujar a nadie a aceptar lo que no logra aceptar, a hablar de lo que no quiere hablar, a actuar como no quiere actuar.
En mi opinión, lo único adecuado que se puede hacer es arropar con nuestra presencia. Una presencia que mitigue el dolor en la medida de lo posible y ayude a la reconstrucción sin apremios ni atosigamientos.