5 de febrero de 2008

Los dioses deben estar locos

La película que da título a este post no es, ni de lejos, una gran película. De hecho, no recuerdo haberla visto entera jamás -más bien la he dormido en unas cuantas sobremesas-. Sin embargo, puede que sea una de las películas que más a menudo me vienen a la cabeza. Y es que, siendo informática, algunos conocidos tienden a darme una suerte de aura divina cuando acuden a mí para que, cual chaman, desentrañe alguno de esos intrincados misterios que guarda su ordenador.

El caso es que la gente suele -solemos- establecer a menudo una relaciones tan extrañas e incongruentes con la nueva tecnología que recuerdan mucho a las reacciones de los nativos de la peli ante, por ejemplo, las latas de Coca-Cola.

Recuerdo, a bote pronto, el primer año en que mi queridísima y dulce amiga L. tuvo móvil. Nos traía a todos de cabeza porque siempre se empeñaba en que la llamáramos al móvil para concretar dónde quedar y jamás había forma de llamarla sin que saltara su buzón de voz. Un día, harta de hablar con su contestador, le pregunté que por qué iba todo el día cargando con un zapatófono de los que se estilaban entonces si lo llevaba apagado. Me miró sorprendidísima: "Está claro, para cuando quiera llamar a alguien, ¿no?" Varias semanas de carcajadas después, se dio cuenta de que, en principio, el objetivo del móvil en aquella época en la que aún se podían encontrar cabinas no era tanto llamar como que le llamen a uno.

Otro momento estupendo es cuando los padres de uno ceden, por fin, al empuje de la tecnología. Cierta vez le pregunté a mi madre por qué apagaba el móvil nada más entrar en casa y lo encendía según se metía en el ascensor. "Hombre, es que cuando estoy en casa estoy en el fijo", me dijo muy resuelta. Evidentemente sí, claro, sólo que el que te llama no sabe, ni tiene por qué saber, tus hábitos de entrada y salida de casa.

Y no digamos ya si nos remontamos a una generación anterior. Un día, andaba yo por la playa charlando con mi buen amigo M., cuando se nos acercó un abuelillo. "Bonico, hazme el favor de hacerme lo de los unos", le dice a M. Los dos nos miramos extrañados viendo que nos tiende su móvil. "Es que se me ha roto el móvil y otra vez que pasó mi hijo le metió unos unos y se arregló." Lo que le había ocurrido a ese pobre hombre no era ni más ni menos que por un descuido se le había apagado el móvil, un aparato del cual lo único que sabía era que tenía que darle a la tecla verde cada vez que sonara. Los "unos", por si no lo han deducido aún, eran la contraseña de su móvil: 1111.

Que conste que todo esto lo cuento con ternura. Quien más quien menos tiene las suyas con la tecnología y usa algún objeto de forma cuanto menos peculiar -se me ocurre, sin ir más lejos, cierto bloguero que carga siempre con dos móviles, ambos sin sonido- y no seré yo -que, lo crean o no, soy incapaz de aprender de una vez por todas para qué lado abren las llaves, los grifos y los picaportes- quien lo critique. Sean felices ;-)

NOTA: la viñeta de arriba es una de las tiras publicadas esta semana en The New Yorker.

4 comentarios:

excusatio dijo...

A lo peor, a ese bloguero de los dos teléfonos le pasa lo que a mí... te cae un móvil de empresa y te hacen firmar un papelito que dice que es exclusivamente para uso profesional, quedando enterado de que incurres en responsabilidad si haces uso privado y bla bla bla...

Cualquiera se arriesga...

dekker dijo...

En el campo profesional (y personal) me he encontrado con alguna anécdota muy graciosa al respecto. Creo que he contado varias veces la de aquel usuario que tenía como contraseña "****" donde "*" es realmente "*". Me pareció brillante...
Pero como suelo decir yo antes o después somos "usuarios" con todo lo que eso implica (y a mucha honra)

Cinephilus dijo...

dos móviles??? y sin sonido??? hmmmmm.. qué gente más rara, aunque hasta me suena de algo... ;-)

yo llevo ahora siempre solo 1, pero en modo vibrador (jamás le pongo el sonido, así no me veo obligado a cogerlo cuando suena por el mero hecho de estar en un sitio público donde moleste su timbre...) los fabricantes de politonos, conmigo, se arruinarían...
muaks

inquilino dijo...

¿Se ha sentido usted aludido, querido Ci? Oh, no era mi intención. Bueno, sí, sí lo era, pero seguro que usted se resarce este viernes riéndose de mis versiones musicales :-)

Buenísimo lo de la password, Dekker. Es casi tan bueno como lo de aquella alumna que tuve en un curso que se me quejaba de que la memoria usb que le había pasado estaba defectuosa. ¡¡La estaba intentando insertar en una de las ranuras de ventilación de la caja del ordenador!!

Excusatio, lo de los móviles de empresa es una cruz de la que muchos, por fortuna, nos libramos.