15 de mayo de 2007

Palabras, letras y puntos y coma (I)

Palabras

Hace ya unas semanas, mi yo filólogo -enterrado demasiado a menudo bajo mi otra media docena de yos- despertaba con fuerza tras leer esta entrevista a Ignacio Bosque publicada en EP(S):

Por ejemplo, el subjuntivo. Claro, la gente dirá: ¿pero se puede hablar treinta o cuarenta horas del subjuntivo? Pues se puede, y hasta algunas más. Hace unos años di un curso sobre cuatro cuantificadores: mucho, poco, bastante y demasiado.

¡Sobre mucho, poco, bastante y demasiado! ¿Qué es lo que tendríamos que saber del subjuntivo en medio minuto?

El subjuntivo aporta unas veces matices mínimos en relación con el indicativo, pero otras veces introduce diferencias de significado muy marcadas. Se observa un matiz mínimo en: "No sabía que tocabas el clarinete" / "No sabía que tocaras el clarinete". Hay una diferencia, pero muy leve. Ahora, fíjese en este otro par: "No se casó con él porque estaba embarazada" / "No se casó con él porque estuviera embarazada". ¿Verdad que hay una gran diferencia?

Sobre el subjuntivo, sobre mucho, poco, bastante y demasiado, sobre los valores del se... Son tantas las páginas que se han rellenado y se rellenarán sobre aspectos, en apariencia minúsculos, pero enormemente complejos de nuestra lengua... La lengua, ese instrumento maravilloso al que tan poca atención prestamos habitualmente. Nos resulta tan cotidiano, tan inmediato, lo tenemos tan interiorizado, que pocas veces somos conscientes de lo extraordinario que resulta que seamos capaces de emplear con tanta facilidad algo tan extremadamente complejo.

Hace años, dando clases particulares de español, una alumna me planteaba la siguiente cuestión: "¿Y por qué debo decir 'soy viuda' si en cambio se dice 'estoy soltera'?". Evidentemente, me quedé a cuadros. Porque se trata de uno de esos matices minúsculos y en buena medida aleatorios que empleamos a diario con total naturalidad e inconsciencia. Uno de esos caprichos de la lengua que son así porque millones de hablantes a lo largo de los siglos los fuimos moldeando de esa forma sin percatarnos.

El último gran proyecto de Bosque -el diccionario Redes- trata precisamente algo muy relacionado con esa supuesta aleatoriedad del lenguaje: las conexiones que establecemos los hablantes entre palabras. Podemos tratar a alguien a patadas, pero difícilmente le trataremos a puñetazos. Al igual que un futbolista tira un penalti, pero nunca un córner. No, estos se sacan o se lanzan, pese a que la acción a ejecutar en uno u otro caso sea muy similar.

Cualquier filólogo que ame su profesión disfruta con estos hallazgos, estas pequeñas zancadillas que toda lengua natural lanza contra aquel que trata de adquirirla en edad adulta. Irregularidades que constituyen una pequeña y deliciosa pesadilla para todo buen traductor, que dotan a la lengua de su carácter e idiosincrasia haciendo que, por ejemplo, el alemán sea idóneo para expresar conceptos filosóficos o que el inglés se erija en dueño y señor del léxico tecnológico.

Todo niño que aprende a hablar español como lengua materna será corregido una y otra vez en su proceso de adquisición. El pecado no será otro que el haber comprendido de forma inconsciente la estructura profunda de su futura lengua, haber sido capaz de deducir que si se dice "yo como", necesariamente habría de decirse "yo sabo".

Los mecanismos por los que surge la irregularidad en una lengua son extraños e insondables. El que la anomalía sea más pertinaz en aquellos términos de uso más frecuente apunta hacia nosotros, los propios hablantes, que vamos haciendo nuestra la lengua y moldeándola a nuestro gusto. Por eso, quizás, resultara fallido el sueño del esperanto, una lengua feísima nacida de una idea hermosísima. Una lengua sin hablantes es algo inerte, anodinamente regular, soporíferamente exacta. Una lengua que no crece ni evoluciona ni se transforma conforme lo van precisando sus usuarios.

El argot juvenil resulta especialmente fascinante en este sentido. Cualquier adolescente madrileño sabe que si bebe demasiado acabará potando. Busquen el término potar en el diccionario y seguro que se sorprenden al comprobar que el significado allí recogido es justamente el contrario, el que tenía originariamente en latín: "beber". De alguna manera, esta palabra casi olvidada acabó inserta en el vocabulario juvenil después de mutar su semántica hacia el lado contrario.

Y es que las palabras a menudo se esconden, se toman unas pequeñas vacaciones en el uso cotidiano para después regresar renovadas, cargadas de modernidad. Como cuando vamos a saco a por algo creyéndonos los más modernos del mundo e ignorando que ya en el Siglo XVI Alonso de Valdés contaba cómo las tropas de Carlos V entraron a saco en Roma. O cuando nos empeñamos en hacer cualquier cosas por huevos, bañando en testosterona una expresión que no es más que un remozo de la más antigua por obo, es decir, "por necesidad".

En fin, triquiñuelas y juegos del lenguaje. Maravillas de aquello que nos hace únicos como especie en todo el mundo natural. Esa herramienta que casi todos sabemos usar pero que nadie ha logrado comprender por completo. Y si no, que se lo digan a los especialistas en procesamiento de lenguaje natural y recuperación de información (NLP-IR).

(Continuará)

12 comentarios:

fanshawe dijo...

Magnífica entrada. Esta me la quedo, me ha encantado.

dekker dijo...

Estupenda... espero el II con impaciencia.

polizon dijo...

Me uno a las felicitaciones. Y decirte que, desde que conozco a tu yo filólogo, voy prestando mucha mayor atención y disfruto mucho más con nuestro lenguaje.

Villamota dijo...

Hablando del tema de las irregularidades, creo que merece la pena comentar que no todos los idiomas tienen el mismo grado de irregularidad.

Cuando estudiaba alemán, por ejemplo, me maravillaba por la regularidad de su sintaxis, que fuerza los distintos componentes de la oración a ir en un orden determinado. Y no sólo eso: el alemán tiene muchos menos verbos irregulares que el español.

También estudié un poco de japonés, y me parecía una lengua de gramática muy regular, donde apenas hay excepciones a las distintas formas de expresión.

Muy interesante la entrada.

elbé dijo...

Muy bueno. Creo que tu yo filólogo (que no conocía) es el que más me ha impresionado hasta ahora. Me ha encantado cómo lo cuentas. Estoy deseando leer la continuación.

inquilino dijo...

fanshawe, dekker: Me alegro de que os guste. Hay días especialmente propicios para los burrillos flautistas y, bueno, supongo que el otro día era el mío.

polizon: Je, je. Sí, hay por ahí alguno que se dedica a azuzar ese yo filólogo mío a base de acribillarlo a preguntas. A mi yo, me consta, le encanta :-)

inquilino dijo...

villamota: Como bien señalas es cierto que unas lenguas son más dadas que otras a la irregularidad sintáctica. El orden de las palabras en español es bastante libre. Sin embargo, creo que la irregularidad es común a toda lengua viva. No puede ser de otra forma, puesto que las necesidades comunicativas de los hablantes cambian continuamente, de ahí que estos se vean forzados a modelar y adaptar la lengua a sus necesidades. El que la sintaxis de una lengua sea rígida, no implica necesariamente que no se den irregularidades, entendiendo por regularidad aquello que se sale de una u otra manera de la regla. Metáforas, metonimias, frases hechas, las asociaciones de palabras que comentaba en post, argot... Todo ello entraría en el campo de la irregularidad en sentido amplio porque son cuestiones que resultan muy difícilmente modelizables. Para que nos entendamos: son escollos enormes a la hora de lograr, por ejemplo, que una máquina pueda comprender e intervenir en una conversación.
El alemán, como comentas, es un idioma especialmente preciso. Pero también es cierto que una cosa es la lengua que uno estudia y otra la que se habla en la calle. Estoy segura de que si eligiéramos ahora mismo a las 100 primeras personas que pasaran por debajo de mi ventana y les examináramos de tercero de español de la Escuela Oficial de Idioma suspenderían al menos un 80%.
En fin, que es un tema complejo pero fascinante.
Ah, muchísimas gracias por comentar.

inquilino dijo...

elbé: Ays, gracias. Es, me temo, el que más abandonado tengo. Y es que suele perder cada vez que mis yos se pelean. Cosas de niños, ya sabes ;-)

3'14 dijo...

Interesantísimo post inquilino!
Que no es lo mismo ser que estar… jeje… Pero vamos, si culturalmente la viuda es y será por más que contraiga segundas nupcias… Una servidora es y será soltera ;)
Lo de los niños y el aprendizaje del lenguaje es muy curioso, pues son los primeros en aplicar la lógica al lenguaje y surgen situaciones graciosísimas. Con mi hijo lo vivo de cerca.
Uno de mis grandes temores a la hora de escribir es no controlar la gramática y hacer ininteligible mi texto…
En fin, repito, muy interesante, esperando ya la continuación del post.

Maria Del dijo...

Para empezar decir que muy buena entrada y para seguir que me das envidia de poder utilizar tan bien nuestro idioma, a mi me resulta casi imposible explicarme en condiciones, pertenezco a ese 80% que suspendería.
Sobre la frase de "No se casó con ella porque estaba embarazada" me hizo pensar tambien en la importancia de las comas o los signos de exclamación.
Pequeña conversación
Cotilla A-¡No! ¿Se casó con ella? Porque estaba embarazada...
Cotilla b-No se casó con ella porque estaba embarazada
Cotilla A-No, se casó con ella porque estaba embarazada
Cotilla C- ¡No! ¿se casó con ella por que estaba embarazada?

Y así podrían seguir su conversación, defendiendo ideas opuestas con simplemente cambiar la entonación o la conjugación del verbo, claro está sin saber porque se casó la pobre mujer.
Un saludo

Vargtimen dijo...

Maria Del, se casó porque le habían hecho un bombo. Y un bombo es un bombo por muchos puntos, comas y comillas que se le quieran poner.

Muy buena la entrada, Inqui.

Yalel dijo...

Hoy hemos aprendido que el matrimonio es anti-abortista.